lunes, 10 de enero de 2011

Bárbara y Ezequiel (parteIII)

Ezequiel entra a las doce y media de la noche y el ruido de la puerta despierta a Bárbara que se durmió sobre la mesa del living.
-         ¿Qué haces acá? ¿Otra vez hiciste una cena?
Bárbara se pasa la mano por los ojos y la nuca.
-         No, no. Hoy ni siquiera cené. Eze, hoy me fui muy nerviosa de acá y necesito que hablemos, que me digas que me querés...
-         No sé, perdoname, pero no era esto lo que esperaba. Creí que iba a estar bueno, pero siento que me equivoqué. Me estás echando en cara todo el día lo que hago mal.
-         Ezequiel nunca hice eso ¡esa es tu mamá!
-         ¿Ves? Y me psicopateas. Si estás enojada todo bien, pero me esperás despierta, igual que mi vieja y me psicopateas igual que ella. No puedo seguir así, no soy tu hijo Bárbara, entendelo. No tengo que llegar a la hora que vos quieras, ni despertarme a las seis y media para ir al colegio, ni hacerte los mandados. Soy un hombre, Bárbara, y parece que no te das cuenta.
Bárbara lo mira y ve un chico enojado, ve a su chiquito con problemitas, lo ve a Nico con su lentitud para comprender las simples preguntas que se le plantean, pero sabe que Ezequiel tiene treinta años y que eso no es el gabinete sino el lugar que eligieron para constituir una familia.
Bárbara se para, se dirige a la cocina mientras Ezequiel, eleva la voz.
-         ¡Respondeme al menos! ¿O soy demasiado tonto para entender?
Bárbara en cuclillas, sigue desembalando cajas en la cocina.
-         Bárbara, no saqués nada más ¿no entendés que esto no funciona? Me volvés loco, me presionás, me asfixiás, querés que todo sea a tu manera y me hacés sentir culpable por no comer tu comida ¡Soy judío, Bárbara! ¡Judío!...respetame.
Bárbara desde la puerta de la cocina y a modo de frisbie lanza un plato.
-         La vajilla de mi abuela ¡¿estás loca?!
Bárbara descubre el poder catártico de la vajilla de la abuela de Ezequiel y lanza el segundo plato.
-         ¡Pará loca! Si querés me voy, pero dejá esos platos, que no son tuyos.
-         Si querés andate, pero estos platos ya son de los dos- y ahí nomás larga otro plato volador.
-         Estás mal, pero la cosa no es así ¿qué culpa tiene mi familia? Es gente que sobrevivió a la guerra, Bárbara.
-         Me alegro por tu familia, los platos no tienen nada que ver- y lanza dos juntos de lo más entusiasmada.
Ezequiel termina por aceptar que Bárbara no va a detenerse y en lugar de permanecer observando como se destruye la herencia de la abuela, abre la puerta del departamento y se va.
-         estás insoportable. Mañana vengo a buscar mis cosas.
-         ¡Sí! Andá a llorar con mamá.
La puerta se cierra y Bárbara, de nuevo en penumbras porque Ezequiel apagó la luz antes de salir, se sienta en el piso. No llora, Bárbara ya se lloró todo hoy en el gabinete y no tiene ganas de seguir llorando. Observa los trozos de porcelana en el piso y sonríe, realmente tienen un poder catártico y presume que abuela de Ezequiel les dio un valor extra por dicho poder pues, imagina, su vida de casada no debe haber sido tampoco un lecho de rosas. Pero es cierto, la abuela de Ezequiel vino de la guerra y debe haber pasado por cosas que ella nunca pasó y, lo más importante, que ella no está dispuesta a pasar: nadie va a maltratarla.
A las seis y media de la mañana suena el despertador con energía, Bárbara se despereza y observa que Ezequiel ocupa su lugar. Debe haber vuelto durante la madrugada, mientras ella dormía, pero esta mañana Ezequiel ni se inmuta por el despertador y babea la funda de la almohada, en un sueño profundo.
Bárbara se detiene a observarlo, no es sexy verlo babeando y ya tampoco es enternecedor, como en algún momento creyó, pero ocupa su lugar y eso es una novedad.
Se levanta de la cama, va a la cocina y encuentra cerrada la llave de gas. La abre sola, sin ayuda y prende la radio, pero no sólo la radio, también la luz de la habitación.
Ezequiel abre uno de sus ojos y lo refriega con la mano.
-         Bárbara ¿podés apagar la radio?- grita desde la habitación.
Bárbara no responde y Ezequiel se levanta de la cama y se dirige a la cocina donde su esposa está poniendo la pava para calentar el agua para su café con leche.
-         ¿Vas a desayunar conmigo?
-         No, Bárbara, te estoy pidiendo que apagues la radio... y la luz y... ¿qué te pasa que hacés este quilombo?
Bárbara le sirve a Ezequiel un café con leche.
-         ¡No lo voy a tomar! Quiero dormir.
-         ¡Sí! Lo vas a tomar y voy a explicarte todo lo que va a pasar hoy: vamos a desayunar juntos, porque somos una feliz pareja de recién casados y nos queremos mucho. Voy a poner la radio, porque necesito saber la temperatura y voy a vestirme con la luz prendida y en la habitación, porque es ahí donde guardo mi ropa. Voy a ir a mi trabajo, que es digno e importante para un montón de chicos y sus familias y del trabajo voy a volver a casa donde, luego de haber desarmado tus maletas (porque es acá donde estás viviendo y hasta donde sé no vas a mudarte a ningún otro lado) vas a estar esperándome con una cena íntima y romántica porque estos días te portaste mal conmigo y querés que te perdone- Ezequiel observa asustado a su esposa que no parece estar dispuesta a detenerse- Y si eso no pasa el día de hoy, si algo de todo eso no pasa el día de hoy, directamente, a tus valijas sin desarmar, vas a guardarlas en un taxi y volvés a la casa de tu madre ¿está claro?
Ezequiel asiente con la cabeza y le da pequeños sorbos a su café con leche que aún está caliente. Bárbara lo mira con ternura.
-         Soplalo que está caliente, te vas a quemar.
Relajada, suavecita, sin estrés, Bárbara se viste y sale del departamento.
Llega puntual y prolija al gabinete donde Claudia está esperándola con la jarra de café en el escritorio y una tacita vacía donde está la silla que le corresponde.
-         Contame ¿ya lo dejaste?
Bárbara saluda a Claudia, se sienta, se sirve un café y responde.
-         No, pero creo que encontré la forma para que nos entendamos. Creo que ya capté el código y me parece que con Nico también va a irme mucho mejor el día de hoy.
Bárbara, sonriente, está absolutamente convencida de que su marido no volverá a maltratarla y que, de ahora en más, no hará nunca nada que ella no desee. Bárbara, satisfecha, ha descubierto la forma de comunicarse con ese chiquito.

Fin, The End, Chin pum, Chán chán, chinchulín, calentitos los panchos, chin chón, fen shui, tira misú...

3 comentarios:

  1. Fantástico! Yo tambien escribo y me gustó mucho lo que leí! Te mando un beso y mi más profunda admiración. María José.

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  2. Gracias, María José ¿Qué escribís?
    Un beso también para vos!

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  3. Gracias por tu interés! Te cuento muy brevemente asi no te saco tiempo: tengo un libro terminado que lo estan corrigiendo y me dijeron que es chick lit, la verdad tiene muchos tintes de ese genero: mujer cerca de los treinta años, principe azul que destiñe...que se yo, espero tener suerte!! Beso!!

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