No hay historias tontas, hay gente tonta que las cuenta o gente tonta que las lee, pero este no es el caso, de ninguna manera o, si llega a serlo, pueden decir que la tonta es quien la cuenta, pero en voz muy baja, para no herir mis sentimientos.
Fíjense las vueltas del destino, una persona piensa que le está haciendo un mal a otra, cuando, en realidad, termina ayudándola. No voy a introducir más la historia, porque puede ponerse aburrido leer tanto prolegómeno ¿no? Si la respuesta es sí díganlo en voz muy baja para ídem.
No hay cosa más linda recibir regalitos y, dada mi enorme sensibilidad, conservo absolutamente todo: ramitas, dibujitos, fósforos usados a los que, luego de diez años, puedo contemplar con la misma emoción que cuando los recibí. Pero cuando el regalito es un libro que tenías unas ganas locas de leer, es más lindo que todo. El otro día, a cuento del día del amigo y esos cuentos, Anita me regaló uno de esos libros que tenía muchas ganas de leer. Me aguanté las ganas en el colectivo, lo miraba de reojo, pero aguantando para llegar a casa y leerlo como dios manda, tirada en la cama mientras me comía una lata de choclo amarillo, porque no quise pasar por el súper, tenía conmigo un libro que me moría de ganas de leer y en casa mis opciones eran o choclo amarillo o choclo cremoso, y todos sabemos que el choclo cremoso nunca es una opción.
Apenas terminé de ponerme el pijama, encendí el velador, agarré la lata con choclo, el tenedor y el libro (si pudiese dibujar ilustraría la escena, porque así contada me suena que es difícil de imaginar, pero no voy a menospreciarlos: imaginen) y comencé a leer la contratapa, quería disfrutarlo de a poquito, no introducirme de lleno en el relato sino regodearme con el objeto ¡¿qué?! ¡Soy sana! La cosa es que abro el libro, y ya estoy a punto de arrancar con su primera frase cuando se produce lo más dramático e inesperado, lo único que podía arruinarme la velada: apagón. ¿Apagón general? No ¿apagón en todo el barrio? No ¿acaso en toda la cuadra? No, no, no, apagón pura y exclusivamente en mi edificio.
Normalmente no soy de las que tienen velas o linternas o esos objetos que iluminan cuando no hay electricidad, soy de las piensan que los apagones les pasan a los otros, que eso nunca me va a pasar porque no hice nada para que me pase y esas estupideces que puedo pensar en mis ratos con luz.
Y aquí comienza la inútil paradoja que voy a relatarles, para la que voy a tener que realizar un largo flashback, como en El ocaso de una vida, la parte positiva es que yo no estoy muerta como el personaje de William Holden, la parte negativa es que yo no escribí esa película. Comienzo: hace muuuuchos, muuuuuuchos años, yo salía con un chico al que llamaremos “Mamón” (no usaré nombre reales para proteger su identidad) este buen chico tenía, a su vez un enorme grupo de amigas que lo adoraban. Sus amigas era seres inmaculados y generosos a sus ojos, pero a sus espaldas no lo eran tanto o al menos no con sus novias que era lo que a mi verdaderamente me afectaba. Este grupo de amigas al que llamaremos “notodoslosgruposdemujeressondebrujas,peroestesíloes” generaba situaciones en las cuales era muy complejo expresar abiertamente el disgusto, léase:
- Mamón, hoy es el cumple de “Una de tus ex” ¿por qué no vienen?
Es decir, me invitaban a mi también al horrible cumpleaños en el que claramente yo no tenía nada que hacer pero, ningunas tontas, me dejaban sin espacio para el reclamo al hacerme partícipe del festejo, o
- Mamón, me voy a ir a comprar bikinis, pero solo la parte de abajo porque este verano voy a hacer topless ¿me acompañás para decirme como me queda…la parte de arriba?
Ahí yo descubría que la amiga estaba alzada con mi Mamón, pero él nunca lo descubría y pasaba largas horas con su amiga y luego, Mamón me relataba lo bien que la había pasado con su amiga y luego yo le decía “Mamón ¿estás caliente con tu amiga?” Y él respondía que para nada y que solo eran amigos.
Pasaron varios meses donde mantuvimos esa compleja relación, donde mis ataques de celos parecían absurdos puesto que en cada uno de ellos Mamón me dejaba muy claro que era a mi a quien quería, pero también a sus amigas aunque de otra forma.
Un buen día el grupo de las amigas se comunicó conmigo, invitándome a realizar una salida de chicas y “¿por qué no?” Me preguntaba yo “Porque no” me respondían mis amigas que vislumbraban claramente que esas chicas se traían algo entre manos. Pero yo quería, deseaba, ser una novia buena onda, no una celosa, no una de las que hace planteos, no una de las que desconfía porque sí y creyendo en mi fuerza de espíritu, en que solo se trataba de que las amigas de Mamón me conociesen para quererme mucho, acepté la “salida de chicas” sea lo que eso fuere e imaginando que eso era ir a ver Sex and the city o hacer lo que hacen en Sex and the city ¿o acaso no es eso una salida de chicas? Y así, con mis buenos deseos acepté la propuesta que no era otra que ir de compras ¡y claro! Eso era lo que esas chicas hacían en “salida de chicas”. Una de ellas se iba a vivir sola y estaba buscando objetos de decoración, así que entramos a todas las casas de decoración que hay en Santa Fe y, como amigas de toda la vida, hacíamos chistes con los objetos horribles o pasados de moda o los que nunca, nunca, nunca, pondrías en tu casa y entre aquellos objetos, uno en particular, mezcla de gallina asesinada en ritual Umbanda y ofrenda al Gauchito Gil. Tan divertidas estábamos que cuando Mamón se comunicó conmigo le dije que sus amigas eran geniales y que me arrepentía por no haberlo notado antes.
¿Ahí termina la historia? No, sino estarían autorizados a hacer comentarios malvados.
Llegó el 21 de septiembre y, como la mayoría recordará, el festejo correspondiente del día de la primavera. No me desvela festejar solo porque el almanaque obliga, pero disfruto de los festejos y este en particular era en la casa de mi Mamón, así que iba a disfrutarlo junto a él.
Al llegar a su casa la primera frase que me recibió fue “tengo un regalo para vos del día de la primavera” yo pensé que yo no tenía ninguno pero también pensé que era un divino y contenta de la vida me dediqué a divertirme hasta que Mamón me llamó, me pidió que fuese con él a la habitación y me entregó un paquete de casa de decoración, es posible que ustedes ya estén imaginado el final de esto, pero en ese momento yo seguía creyendo que las amigas de Mamón eran un encanto de chicas por lo que, feliz, lo besé (ya saben lo contenta que me pone recibir regalos) y me dediqué a romper el envoltorio, como indica la tradición. ¿Qué veo? ¿Qué encuentro? Lógico, la gallina asesinada, un objeto que nadie podría llamar decorativo, un gualicho, un animal muerto que pretendía ser vela, pero que estaba creado con patas de ratas, o algo horrible. Sorprendida, confusa, lo observé tratando de comprender qué lo había motivado a semejante elección pero no hizo falta preguntar:
- Cuando fueron de compras con las chicas, les pedí que se fijasen qué te gustaba, así te lo regalaba ¿estás contenta, Jor? Me dijeron que esto te encantó.
Y ahí yo ya no sabía que decir, qué sentir, no sabía nada, de nada, pero elegí decirle la verdad.
-Mamón, esto no es muy lindo, yo nunca les dije a tus amigas que me gustaba. Me parece que lo eligieron a propósito, para hacer una broma.
Fui sutil, hablé de bromas pero Mamón se ofendió, me dijo que estaba harto de que me quejase de sus amigas, que si el regalo no me gustaba no era para agarrármela con ellas y que nuestra relación no iba a funcionar si siempre estaba buscándoles pelea.
Ese fue el final con mamón, no volvimos a pasar juntos ningún día de la primavera pero nunca tuve que volver a soportar a sus amigas.
Como dije, conservo ramitas, fósforos usados y tengo una cajita etiquetada con el nombre de Mamón, donde están sus regalos y claro, conservé la vela/gualicho/gallina muerta, no iba a tirarla, tenía un enorme valor simbólico y, además, una vez que estuve separada de Mamón no iba a causarme más daño.
Demás está decir que el apagón no pudo con mi deseo de leer mi libro nuevo y, esa noche hice uso, hasta que se consumió, de la única vela que hubo en mi departamento, disfrutando de la lectura y el juego con la cera derretida, aunque, tal vez, ahora que lo pienso, hoy pase por el súper y me compre un paquete de las tres patitos…
Bueno, lo acepto, era una historia tonta, pero nombré una película de cine clásico que te levanta cualquier gilada y, además, hablé de subjetividad en el título, esa es una palabra...sí, subjetividad es una palabra y con cinco sílabas, que no es poco.
Quiero dibujar la escena con la lata de choclo, el velador y el libro!! hagamos un concurso!!
ResponderEliminar¡Quiero que la dibujes!! Dale, hacemos un concurso y vos vas a ser el participante número uno.
ResponderEliminary podemos imaginarnos la cara de mamón?????? ummmmmm yo ya me la estoy imaginando....
ResponderEliminarPor ahí salgo a la calle y me lo encuentro..
Lulu