sábado, 17 de julio de 2010

Bárbara y Ezequiel en: La psicopedagogía no te resuelve el Edipo (Parte I)


El despertador suena y Bárbara abre sus ojos. Detiene el doloroso sonido metálico de la campanilla y al dar media vuelta encuentra a su media naranja, a su compañero y reciente marido observándola.
Barby no puede creer un gesto de dulzura semejante a las seis y media de la mañana y Ezequiel, su marido, no quita los ojos de encima de ella. Sonriente y llena de ternura le pregunta
- ¡Amor! ¿Desde qué hora me estás mirando?
- Tenemos que resolver el asunto del despertador, el segundero no me dejó pegar un ojo en toda la noche.
Es el primer día de convivencia en el departamento de casados y habrá otros despertares difíciles, hasta que logren organizarse, piensa ella mientras intenta besarlo en la boca.
- No, amor sabés perfectamente que si no te cepillas los dientes no me gusta que me beses. No me pongas carita que lo sabés, ¿sí?
Es cierto, lo sabe: la primera mañana que despertaron juntos Ezequiel se negó a ser besado y ella creyó que era de ese tipo de hombre que, luego de obtener su presa, desaparece en busca de una nueva, pero luego comprobó con satisfacción que sólo se trataba de un rasgo neurótico.
Abandona los besos matinales, se levanta de la cama y se dirige al baño a cepillarse los dientes. Intenta, luego, encender el fuego de la hornalla para preparase un café con leche pero no hay gas.
- Gordo, no hay gas, ¿puede ser? Anoche vos pudiste encender el fuego, ¿o no?
Ezequiel no responde y Bárbara renueva la pregunta, elevando la voz pues cree no ser oída, pero nadie contesta tampoco ahora. Decide, entonces, dirigirse a la habitación para interrogar sobre el gas y lograr alguna respuesta.
Su marido permanece recostado, con sus ojos abiertos mirando el techo.
- Gordo, te pregunté por el gas, vos anoche lo encendiste, ¿o no?
- ¿O sí? ¿O no?...Sí, Bárbara, lo encendí ¿necesitas qué lo encienda por vos ahora?
Bárbara siente que la pregunta no denota buena voluntad sino por el contrario sarcasmo y fastidio.
- Perdonáme pero no sé como encenderlo y quiero desayunar.
Bárbara observa a Ezequiel que se agarra la cabeza y abre la boca como si estuviera gritado pero no emite ningún sonido.
- Gorda, sabés que no aguanto que me despierten a esta hora. Si viste que encendí el gas anoche, intentalo solita o preguntame después de las nueve, ¿dale? Necesito descansar.
- ¡Y yo desayunar!
Ezequiel se levanta de la cama y se dirige a la cocina apretando los labios, mueve la llave de gas hacia arriba y enciende la hornalla. Bárbara descubre la causa de la falta de gas.
- ¡Ah! La habías cerrado, por eso no podía encenderla ¿para qué la cerraste?.
- Mi amor ¿sos tonta? Es peligroso dejar la llave de gas abierta.
Ezequiel se da media vuelta y se dirige a la habitación mientras Bárbara, baja una caja con la inscripción “frágil” de una silla y se sienta confundida junto a la mesa de la cocina. No han comenzado con el pie derecho pero Bárbara no cree en supersticiones y está convencida de que la primera mañana de convivencia no puede definir el destino de un matrimonio y no significa de ninguna manera que la segunda no sea adorable, de hecho ni siquiera significa que no puedan tener una maravillosa noche y con ese optimismo y esos buenos deseos se dirige a la habitación a vestirse para ir al gabinete. Se acerca a la cama y con suavidad le dice al oído a Ezequiel:
- Gordo, voy a prender la luz para vestirme.
Cuando la luz se prende, Ezequiel se destapa molesto y se levanta bruscamente de la cama.
- Bárbara esto no está funcionando ¿por qué no preparaste anoche la ropa? Odio despertarme temprano y más odio que me despierten. Yo me levanto a las nueve ¿vos no? Jodete amor, no es mi culpa. Te voy a ser sincero...- Ezequiel nota el desconcierto en el rostro de Bárbara mientras sostiene una camisa blanca en una mano y una falda marrón en la otra y luego de una profunda inspiración, se acerca a ella, le acaricia el cabello y la toma, con suavidad, por el cuello- amor, tal vez no me entendés pero para mí es muy importante dormir sin ruido. Hoy no pude dormir nada y encima, en lugar de irte silenciosamente haces todo este quilombo: que la hornalla, que el gas, que la luz, que la ropa y…que la puta que lo parió. Gorda, ¿ves lo que hacés?
Pero ella no ve lo que hace, ella cree que es absolutamente normal desayunar a la mañana, tener un reloj con segundero y vestirse con la luz prendida, lo único que no es normal es ese ataque de ira. Nunca antes Ezequiel ha tenido una reacción semejante ¿O sí? ¿O no? Tal vez, durante las vacaciones en Miramar cuando, enfurecido, se dirigió con la sombrilla lista para clavársela al grupo de adolescentes que festejaba noche a noche y hasta las siete de la mañana en el departamento contiguo o, cuando en un hotel alojamiento, al no lograr concentrarse en su propia actividad, fue a exigirle a la pareja de la habitación lindante que dejasen de alardear con los gritos pues nadie creía en ellos ni estaban participando por ningún premio. Bárbara recuerda esos sucesos y recuerda algunos más pero no se desmotiva.
- Tenés razón, voy a vestirme al living. No quise que te despertases de mal humor. ¿Nos vemos para el almuerzo?
- Bárbara, no sé si nos vemos, lo único que ahora sé es que necesito silencio.

Una mujer cualquiera podría sentirse desalentada pero Bárbara no es de esas, tiene una paciencia infinita que ha ido desarrollando más y más durante los dos años de noviazgo que precedieron al sagrado matrimonio y sabe que así como Ezequiel puede ser muy irritable a ciertas horas del día, hay otras horas en las que se convierte en un ser encantador claro que, normalmente, ciertas horas del día no estaban muy acostumbrados a compartirlas y en pruebas piloto siempre se podía volver hacia atrás y ahora ya están unidos en sagrado matrimonio, para siempre, hasta que la muerte los separe, pero nada indica que no tengan la capacidad de aprender a despertar juntos y con esa certeza Bárbara termina de vestirse en el living y sale hacia el gabinete psicopedagógico en el que ha comenzado a trabajar hace poco más de un mes.


Claudia, la jefa del gabinete psicopedagógico, la recibe entusiasmada y pone en su mano una taza de café.
- Contame ¿te despertó con el desayuno a la cama?
- Es algo nuevo acomodarme a vivir con él...para siempre. La casa es un caos, valijas por donde mire. Hoy cuando vuelva voy a tener que ordenar porque todavía tenemos todo en cajas.
Claudia elige no hacer más comentarios y le alcanza a Bárbara una carpeta caratulada con el nombre de Nicolás Ciuffo, un chiquito de seis añitos con problemitas de aprendizaje. El uso de los diminutivos, según Bárbara ha alcanzado a comprender, es ley dentro del gabinete.
- Su mami es una mujer insoportable, hoy la vas a conocer, se llama Norma. Hay mujeres que no deberían tener hijos.
Si bien los diminutivos se utilizan para suavizar el lenguaje con relación a los niños, con respecto a los adultos, en el gabinete no hay piedad.
La señora Norma entra a gabinete junto a Nico, el chiquito con problemitas.
La entrevista dura dos horas y media en las que las preguntas que Bárbara le hace al chiquito son respondidas por su madre.
Claudia le consulta cómo sailó la entrevista.
- Creo que cuando venga sin la mamá voy a poder trabajar con el chico, hoy fue difícil.
- Creo que el día que quede huerfanito vas a poder trabajar con ese pibe.
Bárbara sospecha que Claudia sabe mejor que nadie cómo debe criarse un hijo, porque aún no ha criado uno, pero sabe que es un comentario que nunca podrá manifestar, por lo que omite cualquier respuesta y envía un mensaje a su marido para preguntarle qué le gustaría cenar, mensaje que tampoco recibe respuesta alguna. Decide, entonces y aunque hace calor, preparar un pollo a la crema, un plato que le sale a la perfección y que, sabe, es uno de los preferidos de Ezequiel.



Velas y una mesa muy prolija con la vajilla de porcelana, regalo de la abuela de él, le dan el toque romántico para terminar con una velada especial, un día que no comenzó con el pie derecho. Bárbara pasó por el súper, vino corriendo, para que fuese una sorpresa y llegó a las ocho a su casa. Después de preparar el pollo, hubo que desembalar la vajilla, los cubiertos y encontrar, entre todas las valijas, la mantelería, pero a las nueve de la noche todo está listo excepto Ezequiel, que aún no ha dado señales de vida. Decide llamarlo al celular, pero el teléfono está apagado, por lo que un poco preocupada y ansiosa hace su último y más conflictivo intento, pues telefonea al único lugar donde espera no encontrarlo.
- Hola Dorita ¿cómo estas?...Bárbara... no, no importa.
Bárbara no comprende cómo, después de dos años, su suegra aún no reconoce su voz, pero continúa respondiendo pacientemente pues supone que irá incorporándola poco a poco: de a lustros, quizás.
- ¿Estaban cenando?...disculpame pero como hoy no hablé con Eze quería saber si vos tenias noticias... ¿está ahí?..No, no me avisó, ¿me lo pasás?...sí, pero le quiero decir una cosa... ya sé Dorita, a nadie le gusta comer frío pero... bueno, está bien, está bien... sí, que me llame.
La joven psicopedagoga guarda las velas, se sienta pensativa y comienza a sentirse más supersticiosa. Lo del pie derecho cobra un valor inesperado, al igual que determinadas circunstancias que creía, eran parte del pasado y que hoy vuelven a su memoria con una fuerza argumentativa ineludible: Como aquella discusión que sostenían acaloradamente en la habitación de Ezequiel y en la que su madre intercedió sin que nadie hubiese solicitado sus servicios y apoyó enfáticamente a su hijo. O las múltiples llamadas que Dorita olvidó informar a su actual marido, casualmente asociadas a momentos determinantes de su relación (viajes, preparativos de boda, etc.). Mientras come el pollo en soledad, el optimismo empieza a desvanecerse y Bárbara siente la necesidad de llamar a Ana, de contarle el asunto, como siempre, pero no lo hace. El teléfono suena cuando ya ha terminado de lavar el único plato utilizado y ha quitado la mantelería de la mesa. Ezequiel le avisa que va a quedarse a mirar tele en la casa de su mamá así que no es necesario que lo espere despierta. Bárbara responde con monosílabos a su marido. Saca de la valija la ropa que planea ponerse para ir a trabajar y se acuesta con un sabor amargo que, obviamente, no proviene del pollo.


A la mañana siguiente el despertador vuelve a sonar y el lugar de su marido aún permanece vacío. Ezequiel no ha vuelto por lo que no hay necesidad de vestirse en el living, una ventaja y tampoco nadie cerró la llave de gas por lo que no hay necesidad de pedir ayuda para encender la hornalla, otra ventaja.
Bárbara se viste en la comodidad de su habitación, sentada en la cama se pone las medias y se prepara el desayuno mientras escucha la radio como siempre lo ha hecho. Es muy difícil vestirse sin saber la temperatura, piensa mientras oye que en la radio dicen que será un día fresco y ella se había preparado ropa de verano la noche anterior. Poder oír la radio a la mañana es otra ventaja y si a Ezequiel le molesta un segundero...
Vestida, desayunada e informada, parte hacia el gabinete.


Su jefa la recibe consultándole como ha sido la segunda noche en el nidito de amor y esta vez se le hace más difícil responder con diplomacia.
- No sé, Claudia, no me cambió la vida, sigo haciendo lo que hago siempre. Tener un marido no es sinónimo de que todo cambie.
- Lo sé, pero ¿sabés qué extraño yo? cenar en compañía de alguien, el abrazo a la noche, porque tener el control remoto sólo para mi es una bendición del cielo.
Bárbara piensa que ella no tiene control remoto y que lo que extraña profundamente son sus amigas con las que podría compartir sus dudas y sentirse apoyada, pero no va a comunicarse si ellas no lo hacen.
Nico llega para empezar a trabajar sin su madre pero Nora no está segura de que sea una buena idea.
Hábilmente Bárbara logra despegar a la madre del chico y durante una hora y media trabajan en gabinete.
Cuando Nico se va Claudia sale de la oficina a averiguar cómo le ha ido a su nueva psicopedagoga con el primer chiquito que le ha derivado.
- Parece que no pudiese resolver nada, pero ni siquiera lo intenta. Supongo que es porque espera que su mamá lo haga.
- Ya vas a encontrar la forma de hacerlo responder lo que esperás y si no lo hará una psicóloga cuando tenga treinta y cinco años y no pueda hacer nada sin su mami.
Bárbara no se ríe con el comentario de Claudia pero de golpe siente la imperiosa necesidad de ayudar a Nico a cortar el cordón. Mientras piensa en eso suena su teléfono. Ezequiel le avisa que hoy si va a ir a cenar y que lo que quiera cocinar va a estar bien. Bárbara sonríe, piensa que es normal que Ezequiel tarde en desprenderse de sus padres y de sus hábitos, pues nunca antes ha abandonado del todo la casa materna, piensa que la tolerancia es fundamental para una buena convivencia y que la paciencia siempre es recompensada y así de entusiasmada va corriendo al supermercado a comprar costillas de cerdo para comer con puré de batatas.

Nuevamente prepara la mesa con las velas y la vajilla de porcelana, regalo de bodas de la abuela de Ezequiel, y por supuesto, el mantel negro bordado con corazones rojos. Esta vez también se prepara ella, con perfume y ropa interior nueva que compró en el súper pues no hacía a tiempo para buscar en otro lugar.
Ezequiel entra, saluda y observa con recelo, sobre la mesa del living, la vajilla de su abuela.
- ¿Viste que linda puse la mesa? Decime la verdad, cuando viste el departamento por primera vez no te imaginaste que podríamos tener una cena linda, íntima, con velas y comidita rica.
- Y la vajilla de mi abuela. Amor, la vajilla lleva en la familia generaciones, se usa tres veces al año. Pensá que en todas las fiestas familiares se ponen estos platos.
- Eze, hoy es una cena especial. La primera noche no comimos nada por el cansancio, ayer te fuiste a comer con tu mamá. Hoy cociné para vos, te preparé una comida.
- Gracias vida, pero la vajilla...
- Siéntese y deje de protestar que esto es una cena romántica.
Bárbara va a la cocina, sirve dos costillitas para Ezequiel y una para ella y sirve puré de batatas mientras oye que su marido está lavándose en el baño.
- ¡Vení! Dale, te dije que esperes sentado.
- Si ma, pero viajé en subte. Hay que lavarse las manos.
El “ma” es nuevo pero Bárbara está acostumbrada a los apodos afectivos por lo que intenta entenderlo de esa forma, evitando las interpretaciones posibles aunque, claro, ya es tarde para eso.
Ezequiel se sienta y observa su plato con desconfianza.
- ¿Qué hiciste? ¿Qué es esto?
- Costillitas de cerdo.
Ezequiel mira hacia abajo y apoya la mano en su frente. Bárbara no entiende el gesto de angustia.
- ¿No te gusta?
- Gorda, soy judío yo.
- ¿Y? Ya lo sé ¿qué tiene que ver?
- Gorda, los judíos no comemos cerdo
Bárbara se siente desahuciada frente al desplante. Piensa que ayer cocinó un pollo y que su marido no estaba para compartirlo, pero no está dispuesta a renunciar a su cena romántica ante el primer inconveniente.
- Me estás cargando, comés más jamón que yo ¿desde cuándo no comés cerdo?
Ezequiel, comprensivo, la abraza, le besa la frente y le dice que sólo por esta vez, dado el esfuerzo que se ha tomado en la cocina, va a comer cerdo, pero que no puede ser un menú cotidiano. Bárbara, confundida, agradece el gesto y ambos comen el cerdo en silencio, pero ella ha quedado inapetente por lo que no termina su porción. Ezequiel se sirve lo que queda en su plato.
- ¡Me dijiste que no comés cerdo y te comés tres costillas!
- ¿Andás con ganas de discutir?
- No, pero me dijiste que eras judío, como si yo no lo supiese, me hiciste sentir mal con eso y terminas comiéndote todo. Yo no le veo mucho sentido al desplante.
- Bueno, voy a explicártelo, Bárbara, hay cosas que vos no podés entender porque no sos judía.
- ¡Yo sé que los judíos no comen cerdo! ¡¡¡Pero vos sí comés!!!
- No es eso lo que quiero explicarte, además, si lo comí fue por vos. Lo que quiero explicarte, perdoná que te diga, es que mi pueblo ha pasado hambre, ha muerto por el hambre, por la guerra, entonces, yo veo un plato de comida casi sin tocar y pienso en los que murieron. Considero que no se puede tirar.
Bárbara se siente desorientada frente a las respuestas de Ezequiel pero intenta no llevar el asunto a una discusión mayor pues entiende que la finalidad de la cena era justamente la opuesta.
- Está bien, tenés razón.
- ¿Lo decís sinceramente?
Bárbara intenta contener sus nervios, pero no puede creer lo que oye.
- ¡No! ¡¡Claro que no!! ¡Por parte de mi papá son armenios!
- No sé qué prentendés decirme con eso.
- Ezequiel, los armenios también sufrieron hambre y demás males.
- Ese es un argumento nazi, Bárbara, estás relativizando el dolor mi pueblo.
La comunicación no está lográndose y los esfuerzos parecen inútiles. Bárbara ya no puede contener el llanto ni la furia.
- Mirá, Ezequiel, si no querías tirar la comida, ¿por qué no se la diste alguien que tuviese hambre? ¡Hay un montón de gente que pasa hambre!
Ezequiel se para, la abraza, la besa y la conduce a la habitación. Comienzan desvestirse el uno al otro y, finalmente, logran el encuentro sexual que se ha demorado unos días.
Feliz, Bárbara siente que vuelve a elegir a su marido, que el casamiento y la convivencia fueron elecciones correctas y que nada podrá separarlos a partir de ahora y con el alivio que le produce esa certeza, se dispone a dormir desnuda y abrazada a su marido.
- Ma, antes de dormirte acordate de sacar la ropa que vas a usar mañana y, haceme el favor, buscate en mi valija el despertador sin segundero, ¿dale?
Bárbara, incorpora el nuevo apodo, se pone el camisón y elige su ropa mientras piensa que si el amor de su vida tiene algunas mañas, cualquiera puede perdonárselas, lo que nadie puede perdonarse es perderse del amor.
- Eze, la ropa ya la elegí, pero el despertador buscalo vos mañana, ¿sí? No sacaste nada de tu valija y es difícil encontrar algo ahí.
- Gorda, te dije que no puedo dormir. No seas egoísta, te lo pido por favor.
Bárbara no ha perdido la felicidad que produce el orgasmo pero sí, al menos un poco, la paciencia.
- Ezequiel, entonces buscalo vos. Yo ya lo busqué y no lo encuentro.
Ezequiel le da las coordenadas exactas de donde debería estar el reloj, pero Bárbara no lo encuentra, por lo que con fastidio, sale de la cama y lo busca él mismo.
- Te dije, es exactamente donde te dije que estaba. Sos distraída, no hay caso. Vamos a dormir, ¿dale?

Bárbara se recuesta pero Ezequiel no le permite apoyarse en su pecho porque, le explica, se siente incómodo. Así que cada uno vuelve a su sector de la cama.

2 comentarios:

  1. A medida que iba leyendo, una sensación de molestia iba creciendo en mi. Ezequiel!! Grité en el subte (línea A plaza de Mayo/Carabobo). No pude evitarlo, sin querer salió. La negación por la negación misma, y si tan solo todo se resolviese con una mañana de cucharita, abrazos y besos con gusto a ropa vieja de siglos? Quién este libre de neurosis, que tire la primera piedra. Yo odio que me dejen las puertas abiertas del placard, no puedo claudicar en mi negativa de los besos a la mañana sin previo paso por un Colgate o Kolynos. Y...no me jodan, quién no se come unas ricas costillitas de cerdo con puré de batatas?
    Genial Verín.
    (Pato, la que no tiene cuenta de Google, ni URL, ni prensa, ni casadaninada)

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  2. Ahora lo escribo bien: Yo voto porque los besos lleguen hasta el cuello, salteen la cara para evitar el sabor a mono muerto y, si quien consume así lo desea se retome con el pelo (quién soy yo para limitar las zonas erógenas de la gente)
    Gracias Patito, eso necesito: Participation (o participación in spanish)

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