Creo que es cierto que las comunidades virtuales son la herramienta más moderna e impune para el chisme e, indudablemente, dada la cantidad de gente que participa, opina, critica y pasea su mirada sobre fotos, comentarios o…galletas de la suerte ajenas, hay algo que resulta irresistible del enterarse sin que nadie sepa que yo sé. ¿Será un simple y potenciado vouyerismo? No lo sé, pero lo cierto es que he reencontrado gran cantidad de personas que no veía hace muchísimos años, entre ellas a Elena.
Hace pocos meses atrás me contactó por facebook, Elena era una amiga de la adolescencia, que no llegaba a ser del todo amiga. Una de esas personas difíciles de conocer, que nunca se sabe si existe una relación de afecto o sólo se trata de una cercanía circunstancial. Creo que apenas terminé la escuela dejé de tener noticias de ella. Se había puesto de novia con un chico que conoció en una fiesta a la que fue conmigo y de ahí en más fue alejándose del resto del mundo, hasta que recibí su solicitud de amistad.
El reencuentro con gente de épocas pasadas puede resultar sorprendente, pero ninguno de mis encuentros de facebook me sorprendió tanto como cuando recibí el mail que comparto a continuación.
“Hola Jorgelina: Sé que hace mucho años que no me comunico, pero aún conservo en mi recuerdo tu compañía y tus gestos respetuosos, es por ese recuerdo que siento que sos a la única persona a la que puedo contarle esto y realmente necesito compartirlo con una amiga.
¿Te acordás de Ignacio? ¿Te acordás dónde lo conocí? en esa fiesta llena de gente, era una fiesta a la que me invitaste vos ¿te acordás? La organizaban amigos tuyos, en una casa vieja, antigua en realidad. Todos bailaban enérgicamente y yo no, yo estaba quieta, parada contra una pared, mirando, sin bailar ni hablar con nadie. Vos me llamabas para que fuese a bailar porque pensabas que estaba aburrida y nunca te lo dije pero no sé si estaba aburrida, en esa época me sentía diferente a todos los que se divertían. Mientras yo me sentía diferente, se me acercó Ignacio y me preguntó por qué no bailaba. La verdad es que no quería responderle, pero vos me miraste sonriente y yo no quise decepcionarte y acepté establecer un diálogo con él. Ahí fue cuando me contó que tenía una banda de música y me invitó a verlo tocar. Aunque en ese momento yo sentí que no me invitó, no sé cómo lo hizo, pero me sentí en la obligación de ir, me dio el volante con la fecha y toda la información y me tomó la mano con fuerza y a mi me pareció que era mi deber acompañarlo. Esa noche no nos besamos pero vos me viniste a buscar llorando, porque el chico que te gustaba estaba besándose con otra chica ¿te acordás de él? Seguro que ya no, pero yo me acuerdo de esa noche con mucha tristeza por vos y por mi. Después nos fuimos a tu casa. Me quedé a dormir y te conté de Ignacio, de su banda y que me había invitado a su recital. Fuimos juntas a verlo ¿te acordás de eso? Yo creo que no hubiese ido si vos no me insistías, pero fui. No me gustó la música y cuando te lo dije a vos me dijiste que tenía que decirle a Ignacio que sí, que me había, no gustado, que me había encantado. Yo te hice caso y le mentí a Ignacio, le mentí esa vez y de ahí en adelante, muchas, demasiadas, tantas que ya me olvidé, pero eso es lo que vos no sabés, eso es lo que voy a contarte.
No quiero que te sientas responsable de que yo le haya mentido porque después encontré que era una actividad que me resultaba sumamente placentera. Siempre que pudiese engañarlo, con pequeñas cosas, me sentía mejor
Él nunca supo de mis pequeños engaños, abandonó la música después de terminar la secundaria pero a mi no, a mi nunca me dejó y para mi no era bueno con la música pero tampoco era bueno conmigo y no se lo dije. La primera vez que hicimos el amor tampoco me gustó, pero le dije no que me gustó, sino que me encantó.
Cuando terminamos la secundaria yo quise estudiar veterinaria. ¿Te acordás que te lo conté? vos me dijiste que querías ser artista plástica (me pregunté porque nunca lo hiciste, dibujabas muy bien según recuerdo). De todos modos yo tampoco me dediqué a la veterinaria pero yo no tenía una gran pasión, solo había visto un documental y me dio la sensación de que iba a resultarme mucho más gratificante trabajar con animales que con personas. El problema fue que Ignacio me dijo que mejor era estudiar medicina y yo le hice caso, porque, a esa altura, yo ya le hacía caso en todo. El ya había empezado a trabajar en una empresa de teléfonos y mis padres nos compraron un departamento en Larrea y Paraguay. Se lo compraron a él, yo no les caía bien a mis padres, pero él sí. Cuando lo conocieron rápidamente lo prefirieron a él antes que a mi. Ignacio era decidido, simpático, sociable, Ignacio sabía vender teléfonos celulares como nadie y lo ascendieron en la empresa mientras yo intentaba no vomitar cada vez que miraba un libro de medicina. Mis padres estaban muy agradecidos por la influencia que Ignacio ejercía sobre mi y se lo decían “Ignacio, vos sos una gran influencia para Elena” y seguían charlando con él, sobre sus proyectos y cosas. Yo no hablaba, pero ahora no disfrutaba de sentirme diferente, ahora seguía sintiéndome diferente pero sabía que estaba mal, que eso era lo que Ignacio y mis padres querían evitar por todos los medios.
No nos casamos, pero cuando me recibí de médica, en el corto de período de cinco años, pues quise hacer la carrera lo antes posible para, por fin, poder dedicarme a cualquier otra cosa, mis padres nos mandaron de Luna de miel a Colombia, a Santa Marta, una playa en el Caribe.¿conocés el caribe? Es un lugar de aguas tranquilas, estáticas, aguas como estancadas, un mar que ni va ni viene. La ciudad era colorida, llena de gente de colores y paisajes de colores. No me gusta la playa, no me gusta el calor, pero a Ignacio le dije que me encantaba.
El comenzó a insistir con que hiciésemos buceo, quería conocer las criaturas marinas y yo, la verdad es que quería conocerlas también, pero sin él. Así que le hablé de mi enfermedad inmuno-mediada en el oído interno. Para ese entonces todos mis conocimientos adquiridos en medicina, estaban puestos al servicio de evitar contactos de diferentes tipos con Ignacio. En un período reducido de tiempo inventé micosis infecciosa y bacteriológica, clamidia, gonorrea, herpes, tricomoniasis. Frente a eso, él empezó a dudar de mi fidelidad y comenzó a seguirme. Yo sabía que me seguía, lo hacía torpemente, como un mal detective y hubiese querido serle infiel solo para que valiese la pena su inútil esfuerzo y se alejase voluntariamente de mi, pero nunca le fui infiel, no sé por qué, no puedo imaginarme qué me lo impedía. En la escuela de medicina tuve mucho éxito con los chicos, pero, a pesar de que cada vez él me daba mayor repulsión, no podía estar con otro…no quería y no tengo idea del motivo, tal vez porque temía encontrarme con otro igual a él, tal vez porque, en realidad, me gustaba sentir mi creciente repulsión. Siempre aprecié la repulsión que crecía en mi interior frente a determinados seres, me hacía sentir mejor más vital. Un verdadero enigma y quizás, si lo hubiese hecho, si hubiese sido infiel, la historia hubiese sido otra, quien sabe.
Frente a mi negativa, Ignacio también descartó el buceo. Entendió que durante nuestra Luna de miel debíamos permanecer juntos y fue lo peor que pudo suceder. El tiempo compartido era cada vez menor en Buenos Aires, pero ahora él quería compartir mucho tiempo, más allá de mi imposibilidad para tener contacto sexual debido al supuesto hpv que me producida un supuesto dolor inimaginable tan solo con el roce. El no se resignaba, él quería estar conmigo y me propuso ir a Bogotá. Ya no tenía excusas, sí, en realidad las tenía pero me las estaba guardando para mejores ocasiones porque en Bogotá, siendo una ciudad tan grande, posiblemente me sería mucho más fácil escabullirme. Acepté y subimos al micro que nos conduciría, tras muchísimas horas de viaje, hasta la capital de Colombia. Sentada junto a él entendí mi error: posiblemente en Bogotá lograría escabullirme pero durante el viaje tendría que soportarlo a mi lado, horas, larguísimas horas, en las que no iba a tener más opciones.
Una ruta delgada, por la que transitaba el micro y muchos transportes de enormes dimensiones, ruta que recorría la montaña y que entendí que ya no podía recorrer junto a Ignacio pero ¿cómo salir de ahí? Ya había anochecido, estábamos en medio de la selva y, aunque el micro estaba parado, no se veía ningún vestigio de civilización.
No tenía forma de escapar de él.
En ese momento de profunda angustia oímos golpes sobre el micro, gritos y un disparo. Ignacio dejó de mirar la revista que tenía en la mano e intentó parase para saber que era lo que estaba pasando. Yo imaginé que podían matarlo y sonreí, no quería que muriese, pero era la única forma de que me dejase en paz dentro de ese micro. Otro disparo e Ignacio abandonó su intento de saber qué pasaba y ahí sí, quise pararme yo. No podía aguantarlo más, no sabía cómo deshacerme de él y no iba a resistir más horas sentada junto a él, más días compartidos en la Luna de miel. Ignacio me empujó hacia atrás, me gritó, me dijo que no quería perderme y que algo grave estaba pasando. Agarró fuerte mi mano y no encontré la fuerza necesaria para desprenderme.
Un soldado, un hombre vestido de militar, pero menos serio que un militar, un hombre de la guerrilla posiblemente, entró al micro con una ametralladora. Afuera se oían más gritos. El guerrillero exigió que encendiesen las luces del micro que, como era de noche, habían permanecido apagadas. Luego de las luces, de ver claramente la cara de Ignacio y su patético miedo a perderme entendí que iba a tener que morir en ese mismo momento, pero algo sucedió. El guerrillero preguntó si había algún doctor dentro del micro, lo preguntó solo una vez y ahí entendí, ese era mi destino. Ignacio seguía sosteniendo mi mano izquierda con fuerza pero mi mano derecha estaba libre y la levanté, la levanté lo más alto que pude. Cuando Ignacio quiso darse cuenta el guerrillero ya estaba apuntándole la cabeza y otro de sus compañeros me daba las gracias mientras me ayudaba a pasar empujando a Ignacio hacia atrás.
Ahora me despido pero me gustaría recibir noticias tuyas, saber cómo estás, y un día hasta podrías venir a visitarme, estoy muy bien por acá”
Un enorme chisme, ya estoy llamando a Renzo para contarle, cuando se entere se va a volver loco.
La verdad que me conmovió mucho el “chisme” de esta muchacha, ésto a pesar de la frialdad con la que narra su historia. En este sentido, la profesión de médica le sienta bien. Y a la vez, cabe la posibilidad de que nos encontremos ante una mitómana. Es lo de menos. Voy a suponer que la historia es cierta. Quiero creerle. Porque más allá de su veracidad, y de las apariencias, que en este caso engañan y mucho, se trata de una hermosa historia de liberación personal. Se dice que en la vida hay que hacer de la vocación una profesión; y sin embargo, mucha gente elige carreras sin motivo ni causa, cediendo a las presiones e influencias de su entorno social. Por lo general, una elección profesional racional, calculada, premeditada, demasiado pensada, suele conducir directamente a la mediocridad. No niego que haya gente que aprende a querer su profesión, y que desde lo aprendido realice una excelente labor; pero en dichos casos la motivación de fondo no es otra que atenuar la angustia existencial de una vocación frustrada y de una pasión encubierta. En realidad, “elegir” una profesión es por definición lo opuesto a seguir una vocación. La vocación no se elije; es pasión, y la pasión es ceguera, que es lo opuesto a una elección racional. La ceguera es irracionalidad; pero la pasión no es ceguera por capricho, sino por naturaleza - porque se orienta a lo ontológicamente próximo, que es invisible y transparente, como una nada que satura la percepción con su cercanía. De ahí que una pasión deba ser “des-cubierta,” en el sentido más concreto y más literal de la palabra. Pero cuidado! Una pasión no se des-cubre a través de la abstracción de una mirada objetificadora, ni del distanciamiento racional de un sujeto contemplativo. La pasión es entrega, una participación pre-reflectiva en la carne del mundo. Y es innegable que la entrega de esta muchacha fue total y absoluta. Esta chica nació para ser médica, lo que sucede es que hasta el momento de su entrega nunca se había asumido como tal. Luego de hacer de su vocación su profesión, oxímoron si los hay, y para colmo siguiéndole la corriente al novio, finalmente asume su vocación en un manotazo de ahogado, gracias a la causa de una revolución guerrillera, aunque paradójicamente, lo haga desde la reacción: desde una entrega apasionada que niega una existencia desapasionada. Sacrificio. Amor.
ResponderEliminarL.
Gracias L!! Genial análisis.
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