lunes, 10 de enero de 2011

Bárbara y Ezequiel (parteIII)

Ezequiel entra a las doce y media de la noche y el ruido de la puerta despierta a Bárbara que se durmió sobre la mesa del living.
-         ¿Qué haces acá? ¿Otra vez hiciste una cena?
Bárbara se pasa la mano por los ojos y la nuca.
-         No, no. Hoy ni siquiera cené. Eze, hoy me fui muy nerviosa de acá y necesito que hablemos, que me digas que me querés...
-         No sé, perdoname, pero no era esto lo que esperaba. Creí que iba a estar bueno, pero siento que me equivoqué. Me estás echando en cara todo el día lo que hago mal.
-         Ezequiel nunca hice eso ¡esa es tu mamá!
-         ¿Ves? Y me psicopateas. Si estás enojada todo bien, pero me esperás despierta, igual que mi vieja y me psicopateas igual que ella. No puedo seguir así, no soy tu hijo Bárbara, entendelo. No tengo que llegar a la hora que vos quieras, ni despertarme a las seis y media para ir al colegio, ni hacerte los mandados. Soy un hombre, Bárbara, y parece que no te das cuenta.
Bárbara lo mira y ve un chico enojado, ve a su chiquito con problemitas, lo ve a Nico con su lentitud para comprender las simples preguntas que se le plantean, pero sabe que Ezequiel tiene treinta años y que eso no es el gabinete sino el lugar que eligieron para constituir una familia.
Bárbara se para, se dirige a la cocina mientras Ezequiel, eleva la voz.
-         ¡Respondeme al menos! ¿O soy demasiado tonto para entender?
Bárbara en cuclillas, sigue desembalando cajas en la cocina.
-         Bárbara, no saqués nada más ¿no entendés que esto no funciona? Me volvés loco, me presionás, me asfixiás, querés que todo sea a tu manera y me hacés sentir culpable por no comer tu comida ¡Soy judío, Bárbara! ¡Judío!...respetame.
Bárbara desde la puerta de la cocina y a modo de frisbie lanza un plato.
-         La vajilla de mi abuela ¡¿estás loca?!
Bárbara descubre el poder catártico de la vajilla de la abuela de Ezequiel y lanza el segundo plato.
-         ¡Pará loca! Si querés me voy, pero dejá esos platos, que no son tuyos.
-         Si querés andate, pero estos platos ya son de los dos- y ahí nomás larga otro plato volador.
-         Estás mal, pero la cosa no es así ¿qué culpa tiene mi familia? Es gente que sobrevivió a la guerra, Bárbara.
-         Me alegro por tu familia, los platos no tienen nada que ver- y lanza dos juntos de lo más entusiasmada.
Ezequiel termina por aceptar que Bárbara no va a detenerse y en lugar de permanecer observando como se destruye la herencia de la abuela, abre la puerta del departamento y se va.
-         estás insoportable. Mañana vengo a buscar mis cosas.
-         ¡Sí! Andá a llorar con mamá.
La puerta se cierra y Bárbara, de nuevo en penumbras porque Ezequiel apagó la luz antes de salir, se sienta en el piso. No llora, Bárbara ya se lloró todo hoy en el gabinete y no tiene ganas de seguir llorando. Observa los trozos de porcelana en el piso y sonríe, realmente tienen un poder catártico y presume que abuela de Ezequiel les dio un valor extra por dicho poder pues, imagina, su vida de casada no debe haber sido tampoco un lecho de rosas. Pero es cierto, la abuela de Ezequiel vino de la guerra y debe haber pasado por cosas que ella nunca pasó y, lo más importante, que ella no está dispuesta a pasar: nadie va a maltratarla.
A las seis y media de la mañana suena el despertador con energía, Bárbara se despereza y observa que Ezequiel ocupa su lugar. Debe haber vuelto durante la madrugada, mientras ella dormía, pero esta mañana Ezequiel ni se inmuta por el despertador y babea la funda de la almohada, en un sueño profundo.
Bárbara se detiene a observarlo, no es sexy verlo babeando y ya tampoco es enternecedor, como en algún momento creyó, pero ocupa su lugar y eso es una novedad.
Se levanta de la cama, va a la cocina y encuentra cerrada la llave de gas. La abre sola, sin ayuda y prende la radio, pero no sólo la radio, también la luz de la habitación.
Ezequiel abre uno de sus ojos y lo refriega con la mano.
-         Bárbara ¿podés apagar la radio?- grita desde la habitación.
Bárbara no responde y Ezequiel se levanta de la cama y se dirige a la cocina donde su esposa está poniendo la pava para calentar el agua para su café con leche.
-         ¿Vas a desayunar conmigo?
-         No, Bárbara, te estoy pidiendo que apagues la radio... y la luz y... ¿qué te pasa que hacés este quilombo?
Bárbara le sirve a Ezequiel un café con leche.
-         ¡No lo voy a tomar! Quiero dormir.
-         ¡Sí! Lo vas a tomar y voy a explicarte todo lo que va a pasar hoy: vamos a desayunar juntos, porque somos una feliz pareja de recién casados y nos queremos mucho. Voy a poner la radio, porque necesito saber la temperatura y voy a vestirme con la luz prendida y en la habitación, porque es ahí donde guardo mi ropa. Voy a ir a mi trabajo, que es digno e importante para un montón de chicos y sus familias y del trabajo voy a volver a casa donde, luego de haber desarmado tus maletas (porque es acá donde estás viviendo y hasta donde sé no vas a mudarte a ningún otro lado) vas a estar esperándome con una cena íntima y romántica porque estos días te portaste mal conmigo y querés que te perdone- Ezequiel observa asustado a su esposa que no parece estar dispuesta a detenerse- Y si eso no pasa el día de hoy, si algo de todo eso no pasa el día de hoy, directamente, a tus valijas sin desarmar, vas a guardarlas en un taxi y volvés a la casa de tu madre ¿está claro?
Ezequiel asiente con la cabeza y le da pequeños sorbos a su café con leche que aún está caliente. Bárbara lo mira con ternura.
-         Soplalo que está caliente, te vas a quemar.
Relajada, suavecita, sin estrés, Bárbara se viste y sale del departamento.
Llega puntual y prolija al gabinete donde Claudia está esperándola con la jarra de café en el escritorio y una tacita vacía donde está la silla que le corresponde.
-         Contame ¿ya lo dejaste?
Bárbara saluda a Claudia, se sienta, se sirve un café y responde.
-         No, pero creo que encontré la forma para que nos entendamos. Creo que ya capté el código y me parece que con Nico también va a irme mucho mejor el día de hoy.
Bárbara, sonriente, está absolutamente convencida de que su marido no volverá a maltratarla y que, de ahora en más, no hará nunca nada que ella no desee. Bárbara, satisfecha, ha descubierto la forma de comunicarse con ese chiquito.

Fin, The End, Chin pum, Chán chán, chinchulín, calentitos los panchos, chin chón, fen shui, tira misú...

miércoles, 20 de octubre de 2010

Volare oh oh, cantare oh oh oh oh



Vivir experiencias nuevas es lo que hace que la vida valga la pena, que todo cobre un sentido diferente, que relativicemos ciertos conflictos y nos posicionemos en un lugar más alejado, lejos, lejos, muy lejos: línea de pensamiento de mi amiga Julieta, la que decidió tomar clases de vuelo para ver todo desde lejos, desde donde lo mira Dios. Ese es el problema de la enseñanza religiosa, una termina por creer que si Dios tiene la posta es porque lo ve desde arriba y que subiendo a un aeroplano ya se puede ver todo como lo ve ella: sí, Dios es una mujer negra.
No soy amante de las alturas ni de las profundidades, entiendo que cada ser vivo tiene su lugar en el mundo, los peces en el agua, las palomas en el cielo y los seres humanos en los departamentos, así puedo organizarme cuando salgo a la calle y sé, perfectamente, por dónde me toca ir.
Julieta siempre sabe por dónde le toca ir, pero andaba atravesando una crisis de pareja, por lo que sus certezas dejaron dejar de ser tales. Marcelo, su novio, se le había instalado en la casa y estaba “absolutamentetodoeldía, en el depto” en palabras de ella, por eso, creo yo, es que ella dejó de ver con claridad cuál era su lugar en el mundo, puesto que su lugar, ahora no era sólo suyo.
Desde el principio de la relación él se mostró muy “compartidor”, pero parece que el compartir el departamento había incrementado la cercanía de ambos. A Marcelo le gustaba conversar desde que se despertaba, y se despertaba muy temprano, quería ponerse de acuerdo en qué y a qué hora se almorzaba, se merendaba o se cenaba, quería una relación, más que de pareja, de siameses o, al menos, así lo veía Juli. Ella, en cambio, ha vivido sola desde hace varios años y disfruta de su espacio, del silencio o de elegir cuándo y qué comer, sin tener que ponerse de acuerdo con nadie, así que al mes de tener instalado a Marcelo, en lugar de festejar con una cena íntima y junto a él, decidió llamarme por teléfono a mi y festejar lejos, muy lejos de él.
-         Jor, yo de verdad lo quiero y pienso que está bien que él quiera compartir todo, es más, esperé varios años un hombre que quiera compartir todo, pero ahora no sé, no puedo aguantarlo ¿me acompañás? Es cerquita, si no querés no volás, pero yo necesito aire.
Y en el cielo hay un montón de aire.
-         Mirá Juli, si mi experiencia sirve de algo, siempre es mejor hablar las cosas, antes de tomar decisiones drásticas. No hace falta matarte en una avioneta.
Pero mis palabras no la convencieron así que la acompañé, es mi amiga, pero no pensaba aceptar subir a uno de esos avioncitos de los 60´ con los que hacen las pruebas.
Al llegar al aeroclub nos recibieron unos chicos, jovencitos, que eran pilotos y juntaban horas de vuelos para que les den las licencias. Uno de ellos era sumamente sexy y al verlo decidí que yo también quería irme lejos, muy lejos con él, así que me subí a un avioncito y Juli se subió a otro. A ella iba a tocarle un piloto jovencito, como el mío aunque menos lindo, pero a último momento y por algún motivo desconocido, se subió un señor mayor, bastante mayor, a pilotear junto a ella, en su primer vuelo. En algún momento llegué a pensar que un hombre experimentado, a varios pies de altura, es mucho más necesario que un pibe que está bueno, pero luego descarté la idea porque el pibe estaba verdaderamente bueno y esas ideas no me servían para nada.
Nos pusieron a ambas las viseras de telemarqueting y cada cual en su avión (más digno de estar en un museo que de servir para hacer vuelos de práctica) emprendió viaje hacia lo desconocido.
Debo repetir que no soy amante de las alturas y estos avioncitos Piper no son los mejores amigos de quienes no aman las alturas. Tal vez debería evitar ir a donde va un chico lindo, si ese chico lindo va a subir a 1200 pies de altura, un día ventoso, en un avión fabricado hace setenta años. Todo esto cruzó por mi mente durante los quince tremendos, horribles, eternos minutos que duró mi vuelo, mientras él me alcanzaba una bolsita de Disco, para que no lanzance sobre su cabeza. Sobra decir que el lindo piloto, no me correspondió en el cariño y supongo que pudo deberse a mi rostro pálido o la descompostura que me agarró al bajar del avión.
Más o menos repuesta levanté la cabeza y llegué a ver el espectáculo sorprendente brindado por el piloto de Juli. El avioncito daba vueltas y vueltas en el aire, como si fuese parte de un circo ¿un circo? No, creo que donde dan las vueltas los avioncitos es en los desfiles militares, sí, ya me acuerdo, lo vi en Los Simpson. Me impresioné, volví a marearme y, antes de hacer uso de mi bolsita de Disco, le consulté a mi lindo piloto si eso era normal, a lo que respondió que solo se hacía por deseo del aprendiz e imaginé que Juli no solo quería tomar distancia sino reacomodarse las ideas, así que esperé al descenso (no al deceso) que fue prolijo y tranquilo.
Julieta bajó de su avioncito y conservaba sus colores, pero también mantenía una expresión de disgusto que comprendí apenas nos despedimos de los pilotos.
-         Jorgelina, el viejo me tiraba lances ¿entendés lo que es eso? No estaba en un taxi, si estaba en un taxi me tiraba al asfalto ¡estaba volando, en aire! Y el viejo baboso me tiraba los perros, y no podía salir y daba vueltas en el aires y me decía “te doy vuelta, bebé” Jorgelina, fue una experiencia horrible.
Esa misma noche Julieta conversó con Marcelo sobre su necesidad de espacio y tiempo propio pero lo invitó a una cena íntima y pasaron los siguientes días, desayunando, almorzando, merendando y cenado juntos.
Yo creo que comprendió que hay situaciones de las que de verdad una quiere salirse y no puede y otras de las que, aunque puedas, es más disfrutable quedarte.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Bárbara y Ezequiel (Parte II)

Nueve de la mañana suena el despertador de Ezequiel, Bárbara comprueba horrorizada que está llegando tarde al trabajo justo hoy que iba a conocer a Martín, otro chiquito con problemitas en el aprendizaje.
- Buen día, vida. ¿Qué haces acá? ¿No vas a laburar?
Ezequiel acaricia el pecho de su esposa que permanece confundida por el horario en que sonó el despertador.
- Me quedé dormida ¿a qué hora pusiste el despertador?
Ezequiel besa el cuello de Bárbara con evidentes deseos sexuales.
- Me quiero morir, hoy venía un chico nuevo. Me voy a vestir.
El no parece preocupado por el horario y continúa besando a su esposa, aunque nunca en la boca, por supuesto.
- Ya es tarde, lo ves otro día. Quedate conmigo.
Bárbara está molesta, porque sin necesidad de respuestas, comprende que Ezequiel puso el despertador en el horario en que él lo necesitaba.
- Dejame Eze, yo no trabajo en el estudio de mi papá, no está todo bien si llego tarde, ¿sabés?
El detiene los besos y la observa sorprendido.
- ¿Qué me querés decir con eso? ¿Qué mi trabajo no es serio? ¿Qué dependo de mi papá?- y eleva un poco el tono de voz dejando en evidencia su irritación.- Mirá nena, no me vengas con psicología barata porque no sos psicóloga ¿estamos?
Bárbara no responde, se viste apurada y enojada mientras Ezequiel continúa su discurso.
- No sos psicóloga, es bueno que lo sepas. Sos psicopedagoga y yo no tengo problemitas de aprendizaje como los pibes que ves todos los días, yo no soy uno de tus tontitos. Ojo Bárbara, no te equivoques y no vengas a psicopatearme a mí.
Enfurecida, sabe que si responde a las agresiones, la situación puede tornarse irreversible y en silencio se dirige hacia la puerta.
- No te hagas la que no escuchás, sé perfectamente que me oís y estoy harto de que nunca me respondas. Me haces quedar como un loco y la que genera esto sos vos, estás pelada con tus amigas y te la agarrás conmigo.
Bárbara inspira y antes de salir al trabajo se da vuelta, lo contempla un momento, traga saliva y responde.
- Estás boicoteando esto, Ezequiel, desde que llegamos que haces todo para que no funcione.
- ¿Ves? Das vuelta la cosa como te conviene, ¡si la que armó esto sos vos!
Bárbara se va, tal vez sea cierto que estar distanciada de Ana y Josefina la haya vuelto más vulnerable pero su marido no está colaborando para logre sentirse mejor.

Angustiada entra al trabajo. Claudia levanta la vista de una carpeta caratulada Martín Palomar y se para junto a la puerta cómo invitándola a Bárbara a que ingrese a su oficina.
- Buen día. Barby, yo no soy un sargento con el horario y los días que no hay chicos si se te hace tarde no importa, pero estás empezando y...
Bárbara explota en un llanto que ha intentado contener hace días, hace tres días, más exactamente desde que se fue vivir con Ezequiel y se abraza a Claudia que permanece semi-rígida junto a la puerta.
Lentamente Claudia reacciona y conduce Bárbara, que sigue llorando, a la silla para luego sentarse y alcanzarle una caja de pañuelos de papel que Bárbara utiliza sin resultado, pues el llanto no es detenido por nada.
- Bueno, imagino que estás transitando un período de muchos cambios. ¿No?
- No...ooo...ooooo- el llanto cede espacio a las palabras- sa...bés...sabés...no sabés lo que es- Bárbara continúa tomando pañuelos- No quise llegar...llegar tarde pe...pepero...pero el des...des...
- ¿El desayuno?- Claudia intenta colaborar.
- Nooooo...no, noooo, no me pu...puso el despertador- el llanto disminuye- y está convirtiendo todo en algo horrible. Creí que la convivencia, el matrimonio iba a limar las asperezas, pero todo está peor. Me dice que no soy psicóloga y él...él...él no es nada, él hizo un año de derecho y se hace pasar por abogado en el estudio del pa..del pa...del padre- el llanto vuelve con energía y Claudia la ayuda a pararse y la conduce al baño.
- Lavate la cara, tranquilizate y charlamos.
Cuando Bárbara sale del baño con los ojos hinchados y mientras piensa que realmente necesita el apoyo de sus amigas y no de su jefa observa que Claudia está sentada con los anteojos puestos, con la misma actitud que utiliza para intentar hacer entender a un padre o una madre, que por más tratamientos que haga su hijito, no va a resolver sus problemitas si sus papis no hacen algún trabajito en simultaneo.
- Mirá Clau, yo sé que mis problemas personales no...
Claudia le chista y extiende el brazo en señal de que se siente frente a ella.
- El pelotudo ese tiene razón: no somos psicólogas ni quisimos serlo y el único que necesitaría una es él pero, tiene razón, vos no lo sos. Como sabés yo me he divorciado, no una sino tres veces. La última vez entendí: el problema no eran ellos, era yo.
- Clau, yo me casé hace menos de una semana, no estoy pensando en divorciarme, creo que todavía...
Claudia sonríe en un gesto maternal que conoce al dedillo, pues instrumenta con niños y papis cuando quiere dar a entender que lo que están diciendo es una verdadera gansada.
- Querida, divorciate cuando quieras, no es asunto mío, pero prestá atención. Fijate que una es victima del otro hasta que toma conciencia de ello y si vos tomás conciencia y seguís con él: el problema es tuyo.
Claudia no pierde la apacible sonrisa ni un momento y Bárbara teme seguir oyendo a su jefa pues hoy no está convencida ni siquiera de desear volver a su casa.
- Barbarita, yo sé que sos una señora casada pero ¿por qué no te venís hoy con nosotras a tomarte unos Daiquiris? Son bárbaros... antes me fumaba un porro, pero estos daiquiris son riquísimos y mientras podés ver chicos que salen de la oficina, hay para todos los gustos.
- Claudia te agradezco pero quiero ir y aclarar las cosas. Ya sé que parece que Ezequiel fuese un idiota, pero es porque hoy me peleé con él y...
- ¡No!
Bárbara sorprendida, observa a su jefa hablar con esa certeza sobre un hombre al que no conoce.
- ¿No?
- No, querida, él fue un idiota desde siempre, desde antes de conocerte, pero queda en tus manos. Eso sí, de ahora en más no acepto llegadas tardes si hay un chiquito esperándote.
Cuando el día laboral termina Bárbara se va. Caminando despacito por Santa Fé, mira las vidrieras, piensa en pasar por el súper a comprar algo y piensa que no tiene ganas de cocinar y tal vez podrían pedir comida china. Piensa también que quizás su marido ni siquiera vuelva a dormir y se quede mirando televisión en la casa de su mamá, comiendo en lo de su mamá, hablando de ella con su mamá. Bárbara ya no siente entusiasmo al volver a su casa pero sabe que ella no es Claudia, que Claudia es mayor y ha pasado por ciertas frustraciones que la han vuelto un poco resentida y que ella es naturalmente optimista y recordándose a si misma, apura el paso y cuando ve pasar su colectivo lo corre, se sube en el estribo y colgada como va, escribe un mensaje a su marido: No peleemos, te amo. Voy para casa.

Contenta, sube los tres pisos por escalera y abre la puerta, pero no encuentra a nadie, teme lo peor pero necesita respuestas y marca el teléfono.
- Hola Dorita... Bárbara.
Hoy poco le preocupa a Bárbara que Dorita la reconozca, solo quiere oír a su marido, oírlo decir que la ama y que todo va a salir bien.
- Si, Eze está ahí, ¿no?...ah, ¿no?... ¿te dijo dónde iba?...no, pero bueno, podría habérmelo imaginado, tampoco es que no lo conozco... está bien Dorita, pero yo lo conozco y ya sé... mirá Dorita, es tu hijo y lo conocés, no voy a ponerlo en duda, nadie va a ponerlo en duda... ¡No, enojada no!...Dorita, nadie dijo que fuese tu culpa, pero tenés la creencia...
Bárbara comprende que es una discusión inútil, pues mas allá de la influencia que Dorita tenga sobre su hijo, su marido es Ezequiel y es él quien debe volver a su casa o explicarle a dónde ha ido. Se despide de su suegra y espera sentada en living, iluminada solamente por la luz de una vela.

CONTINUARÁ...(me encanta el "continuará")

domingo, 1 de agosto de 2010

De las historias tontas o la subjetividad de la mirada

No hay historias tontas, hay gente tonta que las cuenta o gente tonta que las lee, pero este no es el caso, de ninguna manera o, si llega a serlo, pueden decir que la tonta es quien la cuenta, pero en voz muy baja, para no herir mis sentimientos.
Fíjense las vueltas del destino, una persona piensa que le está haciendo un mal a otra, cuando, en realidad, termina ayudándola. No voy a introducir más la historia, porque puede ponerse aburrido leer tanto prolegómeno ¿no? Si la respuesta es sí díganlo en voz muy baja para ídem.

No hay cosa más linda recibir regalitos y, dada mi enorme sensibilidad, conservo absolutamente todo: ramitas, dibujitos, fósforos usados a los que, luego de diez años, puedo contemplar con la misma emoción que cuando los recibí. Pero cuando el regalito es un libro que tenías unas ganas locas de leer, es más lindo que todo. El otro día, a cuento del día del amigo y esos cuentos, Anita me regaló uno de esos libros que tenía muchas ganas de leer. Me aguanté las ganas en el colectivo, lo miraba de reojo, pero aguantando para llegar a casa y leerlo como dios manda, tirada en la cama mientras me comía una lata de choclo amarillo, porque no quise pasar por el súper, tenía conmigo un libro que me moría de ganas de leer y en casa mis opciones eran o choclo amarillo o choclo cremoso, y todos sabemos que el choclo cremoso nunca es una opción.

Apenas terminé de ponerme el pijama, encendí el velador, agarré la lata con choclo, el tenedor y el libro (si pudiese dibujar ilustraría la escena, porque así contada me suena que es difícil de imaginar, pero no voy a menospreciarlos: imaginen) y comencé a leer la contratapa, quería disfrutarlo de a poquito, no introducirme de lleno en el relato sino regodearme con el objeto ¡¿qué?! ¡Soy sana! La cosa es que abro el libro, y ya estoy a punto de arrancar con su primera frase cuando se produce lo más dramático e inesperado, lo único que podía arruinarme la velada: apagón. ¿Apagón general? No ¿apagón en todo el barrio? No ¿acaso en toda la cuadra? No, no, no, apagón pura y exclusivamente en mi edificio.
Normalmente no soy de las que tienen velas o linternas o esos objetos que iluminan cuando no hay electricidad, soy de las piensan que los apagones les pasan a los otros, que eso nunca me va a pasar porque no hice nada para que me pase y esas estupideces que puedo pensar en mis ratos con luz.

Y aquí comienza la inútil paradoja que voy a relatarles, para la que voy a tener que realizar un largo flashback, como en El ocaso de una vida, la parte positiva es que yo no estoy muerta como el personaje de William Holden, la parte negativa es que yo no escribí esa película. Comienzo: hace muuuuchos, muuuuuuchos años, yo salía con un chico al que llamaremos “Mamón” (no usaré nombre reales para proteger su identidad) este buen chico tenía, a su vez un enorme grupo de amigas que lo adoraban. Sus amigas era seres inmaculados y generosos a sus ojos, pero a sus espaldas no lo eran tanto o al menos no con sus novias que era lo que a mi verdaderamente me afectaba. Este grupo de amigas al que llamaremos “notodoslosgruposdemujeressondebrujas,peroestesíloes” generaba situaciones en las cuales era muy complejo expresar abiertamente el disgusto, léase:
- Mamón, hoy es el cumple de “Una de tus ex” ¿por qué no vienen?
Es decir, me invitaban a mi también al horrible cumpleaños en el que claramente yo no tenía nada que hacer pero, ningunas tontas, me dejaban sin espacio para el reclamo al hacerme partícipe del festejo, o
- Mamón, me voy a ir a comprar bikinis, pero solo la parte de abajo porque este verano voy a hacer topless ¿me acompañás para decirme como me queda…la parte de arriba?
Ahí yo descubría que la amiga estaba alzada con mi Mamón, pero él nunca lo descubría y pasaba largas horas con su amiga y luego, Mamón me relataba lo bien que la había pasado con su amiga y luego yo le decía “Mamón ¿estás caliente con tu amiga?” Y él respondía que para nada y que solo eran amigos.
Pasaron varios meses donde mantuvimos esa compleja relación, donde mis ataques de celos parecían absurdos puesto que en cada uno de ellos Mamón me dejaba muy claro que era a mi a quien quería, pero también a sus amigas aunque de otra forma.

Un buen día el grupo de las amigas se comunicó conmigo, invitándome a realizar una salida de chicas y “¿por qué no?” Me preguntaba yo “Porque no” me respondían mis amigas que vislumbraban claramente que esas chicas se traían algo entre manos. Pero yo quería, deseaba, ser una novia buena onda, no una celosa, no una de las que hace planteos, no una de las que desconfía porque sí y creyendo en mi fuerza de espíritu, en que solo se trataba de que las amigas de Mamón me conociesen para quererme mucho, acepté la “salida de chicas” sea lo que eso fuere e imaginando que eso era ir a ver Sex and the city o hacer lo que hacen en Sex and the city ¿o acaso no es eso una salida de chicas? Y así, con mis buenos deseos acepté la propuesta que no era otra que ir de compras ¡y claro! Eso era lo que esas chicas hacían en “salida de chicas”. Una de ellas se iba a vivir sola y estaba buscando objetos de decoración, así que entramos a todas las casas de decoración que hay en Santa Fe y, como amigas de toda la vida, hacíamos chistes con los objetos horribles o pasados de moda o los que nunca, nunca, nunca, pondrías en tu casa y entre aquellos objetos, uno en particular, mezcla de gallina asesinada en ritual Umbanda y ofrenda al Gauchito Gil. Tan divertidas estábamos que cuando Mamón se comunicó conmigo le dije que sus amigas eran geniales y que me arrepentía por no haberlo notado antes.

¿Ahí termina la historia? No, sino estarían autorizados a hacer comentarios malvados.

Llegó el 21 de septiembre y, como la mayoría recordará, el festejo correspondiente del día de la primavera. No me desvela festejar solo porque el almanaque obliga, pero disfruto de los festejos y este en particular era en la casa de mi Mamón, así que iba a disfrutarlo junto a él.
Al llegar a su casa la primera frase que me recibió fue “tengo un regalo para vos del día de la primavera” yo pensé que yo no tenía ninguno pero también pensé que era un divino y contenta de la vida me dediqué a divertirme hasta que Mamón me llamó, me pidió que fuese con él a la habitación y me entregó un paquete de casa de decoración, es posible que ustedes ya estén imaginado el final de esto, pero en ese momento yo seguía creyendo que las amigas de Mamón eran un encanto de chicas por lo que, feliz, lo besé (ya saben lo contenta que me pone recibir regalos) y me dediqué a romper el envoltorio, como indica la tradición. ¿Qué veo? ¿Qué encuentro? Lógico, la gallina asesinada, un objeto que nadie podría llamar decorativo, un gualicho, un animal muerto que pretendía ser vela, pero que estaba creado con patas de ratas, o algo horrible. Sorprendida, confusa, lo observé tratando de comprender qué lo había motivado a semejante elección pero no hizo falta preguntar:
- Cuando fueron de compras con las chicas, les pedí que se fijasen qué te gustaba, así te lo regalaba ¿estás contenta, Jor? Me dijeron que esto te encantó.
Y ahí yo ya no sabía que decir, qué sentir, no sabía nada, de nada, pero elegí decirle la verdad.
-Mamón, esto no es muy lindo, yo nunca les dije a tus amigas que me gustaba. Me parece que lo eligieron a propósito, para hacer una broma.
Fui sutil, hablé de bromas pero Mamón se ofendió, me dijo que estaba harto de que me quejase de sus amigas, que si el regalo no me gustaba no era para agarrármela con ellas y que nuestra relación no iba a funcionar si siempre estaba buscándoles pelea.
Ese fue el final con mamón, no volvimos a pasar juntos ningún día de la primavera pero nunca tuve que volver a soportar a sus amigas.

Como dije, conservo ramitas, fósforos usados y tengo una cajita etiquetada con el nombre de Mamón, donde están sus regalos y claro, conservé la vela/gualicho/gallina muerta, no iba a tirarla, tenía un enorme valor simbólico y, además, una vez que estuve separada de Mamón no iba a causarme más daño.
Demás está decir que el apagón no pudo con mi deseo de leer mi libro nuevo y, esa noche hice uso, hasta que se consumió, de la única vela que hubo en mi departamento, disfrutando de la lectura y el juego con la cera derretida, aunque, tal vez, ahora que lo pienso, hoy pase por el súper y me compre un paquete de las tres patitos…


Bueno, lo acepto, era una historia tonta, pero nombré una película de cine clásico que te levanta cualquier gilada y, además, hablé de subjetividad en el título, esa es una palabra...sí, subjetividad es una palabra y con cinco sílabas, que no es poco.

sábado, 17 de julio de 2010

Bárbara y Ezequiel en: La psicopedagogía no te resuelve el Edipo (Parte I)


El despertador suena y Bárbara abre sus ojos. Detiene el doloroso sonido metálico de la campanilla y al dar media vuelta encuentra a su media naranja, a su compañero y reciente marido observándola.
Barby no puede creer un gesto de dulzura semejante a las seis y media de la mañana y Ezequiel, su marido, no quita los ojos de encima de ella. Sonriente y llena de ternura le pregunta
- ¡Amor! ¿Desde qué hora me estás mirando?
- Tenemos que resolver el asunto del despertador, el segundero no me dejó pegar un ojo en toda la noche.
Es el primer día de convivencia en el departamento de casados y habrá otros despertares difíciles, hasta que logren organizarse, piensa ella mientras intenta besarlo en la boca.
- No, amor sabés perfectamente que si no te cepillas los dientes no me gusta que me beses. No me pongas carita que lo sabés, ¿sí?
Es cierto, lo sabe: la primera mañana que despertaron juntos Ezequiel se negó a ser besado y ella creyó que era de ese tipo de hombre que, luego de obtener su presa, desaparece en busca de una nueva, pero luego comprobó con satisfacción que sólo se trataba de un rasgo neurótico.
Abandona los besos matinales, se levanta de la cama y se dirige al baño a cepillarse los dientes. Intenta, luego, encender el fuego de la hornalla para preparase un café con leche pero no hay gas.
- Gordo, no hay gas, ¿puede ser? Anoche vos pudiste encender el fuego, ¿o no?
Ezequiel no responde y Bárbara renueva la pregunta, elevando la voz pues cree no ser oída, pero nadie contesta tampoco ahora. Decide, entonces, dirigirse a la habitación para interrogar sobre el gas y lograr alguna respuesta.
Su marido permanece recostado, con sus ojos abiertos mirando el techo.
- Gordo, te pregunté por el gas, vos anoche lo encendiste, ¿o no?
- ¿O sí? ¿O no?...Sí, Bárbara, lo encendí ¿necesitas qué lo encienda por vos ahora?
Bárbara siente que la pregunta no denota buena voluntad sino por el contrario sarcasmo y fastidio.
- Perdonáme pero no sé como encenderlo y quiero desayunar.
Bárbara observa a Ezequiel que se agarra la cabeza y abre la boca como si estuviera gritado pero no emite ningún sonido.
- Gorda, sabés que no aguanto que me despierten a esta hora. Si viste que encendí el gas anoche, intentalo solita o preguntame después de las nueve, ¿dale? Necesito descansar.
- ¡Y yo desayunar!
Ezequiel se levanta de la cama y se dirige a la cocina apretando los labios, mueve la llave de gas hacia arriba y enciende la hornalla. Bárbara descubre la causa de la falta de gas.
- ¡Ah! La habías cerrado, por eso no podía encenderla ¿para qué la cerraste?.
- Mi amor ¿sos tonta? Es peligroso dejar la llave de gas abierta.
Ezequiel se da media vuelta y se dirige a la habitación mientras Bárbara, baja una caja con la inscripción “frágil” de una silla y se sienta confundida junto a la mesa de la cocina. No han comenzado con el pie derecho pero Bárbara no cree en supersticiones y está convencida de que la primera mañana de convivencia no puede definir el destino de un matrimonio y no significa de ninguna manera que la segunda no sea adorable, de hecho ni siquiera significa que no puedan tener una maravillosa noche y con ese optimismo y esos buenos deseos se dirige a la habitación a vestirse para ir al gabinete. Se acerca a la cama y con suavidad le dice al oído a Ezequiel:
- Gordo, voy a prender la luz para vestirme.
Cuando la luz se prende, Ezequiel se destapa molesto y se levanta bruscamente de la cama.
- Bárbara esto no está funcionando ¿por qué no preparaste anoche la ropa? Odio despertarme temprano y más odio que me despierten. Yo me levanto a las nueve ¿vos no? Jodete amor, no es mi culpa. Te voy a ser sincero...- Ezequiel nota el desconcierto en el rostro de Bárbara mientras sostiene una camisa blanca en una mano y una falda marrón en la otra y luego de una profunda inspiración, se acerca a ella, le acaricia el cabello y la toma, con suavidad, por el cuello- amor, tal vez no me entendés pero para mí es muy importante dormir sin ruido. Hoy no pude dormir nada y encima, en lugar de irte silenciosamente haces todo este quilombo: que la hornalla, que el gas, que la luz, que la ropa y…que la puta que lo parió. Gorda, ¿ves lo que hacés?
Pero ella no ve lo que hace, ella cree que es absolutamente normal desayunar a la mañana, tener un reloj con segundero y vestirse con la luz prendida, lo único que no es normal es ese ataque de ira. Nunca antes Ezequiel ha tenido una reacción semejante ¿O sí? ¿O no? Tal vez, durante las vacaciones en Miramar cuando, enfurecido, se dirigió con la sombrilla lista para clavársela al grupo de adolescentes que festejaba noche a noche y hasta las siete de la mañana en el departamento contiguo o, cuando en un hotel alojamiento, al no lograr concentrarse en su propia actividad, fue a exigirle a la pareja de la habitación lindante que dejasen de alardear con los gritos pues nadie creía en ellos ni estaban participando por ningún premio. Bárbara recuerda esos sucesos y recuerda algunos más pero no se desmotiva.
- Tenés razón, voy a vestirme al living. No quise que te despertases de mal humor. ¿Nos vemos para el almuerzo?
- Bárbara, no sé si nos vemos, lo único que ahora sé es que necesito silencio.

Una mujer cualquiera podría sentirse desalentada pero Bárbara no es de esas, tiene una paciencia infinita que ha ido desarrollando más y más durante los dos años de noviazgo que precedieron al sagrado matrimonio y sabe que así como Ezequiel puede ser muy irritable a ciertas horas del día, hay otras horas en las que se convierte en un ser encantador claro que, normalmente, ciertas horas del día no estaban muy acostumbrados a compartirlas y en pruebas piloto siempre se podía volver hacia atrás y ahora ya están unidos en sagrado matrimonio, para siempre, hasta que la muerte los separe, pero nada indica que no tengan la capacidad de aprender a despertar juntos y con esa certeza Bárbara termina de vestirse en el living y sale hacia el gabinete psicopedagógico en el que ha comenzado a trabajar hace poco más de un mes.


Claudia, la jefa del gabinete psicopedagógico, la recibe entusiasmada y pone en su mano una taza de café.
- Contame ¿te despertó con el desayuno a la cama?
- Es algo nuevo acomodarme a vivir con él...para siempre. La casa es un caos, valijas por donde mire. Hoy cuando vuelva voy a tener que ordenar porque todavía tenemos todo en cajas.
Claudia elige no hacer más comentarios y le alcanza a Bárbara una carpeta caratulada con el nombre de Nicolás Ciuffo, un chiquito de seis añitos con problemitas de aprendizaje. El uso de los diminutivos, según Bárbara ha alcanzado a comprender, es ley dentro del gabinete.
- Su mami es una mujer insoportable, hoy la vas a conocer, se llama Norma. Hay mujeres que no deberían tener hijos.
Si bien los diminutivos se utilizan para suavizar el lenguaje con relación a los niños, con respecto a los adultos, en el gabinete no hay piedad.
La señora Norma entra a gabinete junto a Nico, el chiquito con problemitas.
La entrevista dura dos horas y media en las que las preguntas que Bárbara le hace al chiquito son respondidas por su madre.
Claudia le consulta cómo sailó la entrevista.
- Creo que cuando venga sin la mamá voy a poder trabajar con el chico, hoy fue difícil.
- Creo que el día que quede huerfanito vas a poder trabajar con ese pibe.
Bárbara sospecha que Claudia sabe mejor que nadie cómo debe criarse un hijo, porque aún no ha criado uno, pero sabe que es un comentario que nunca podrá manifestar, por lo que omite cualquier respuesta y envía un mensaje a su marido para preguntarle qué le gustaría cenar, mensaje que tampoco recibe respuesta alguna. Decide, entonces y aunque hace calor, preparar un pollo a la crema, un plato que le sale a la perfección y que, sabe, es uno de los preferidos de Ezequiel.



Velas y una mesa muy prolija con la vajilla de porcelana, regalo de la abuela de él, le dan el toque romántico para terminar con una velada especial, un día que no comenzó con el pie derecho. Bárbara pasó por el súper, vino corriendo, para que fuese una sorpresa y llegó a las ocho a su casa. Después de preparar el pollo, hubo que desembalar la vajilla, los cubiertos y encontrar, entre todas las valijas, la mantelería, pero a las nueve de la noche todo está listo excepto Ezequiel, que aún no ha dado señales de vida. Decide llamarlo al celular, pero el teléfono está apagado, por lo que un poco preocupada y ansiosa hace su último y más conflictivo intento, pues telefonea al único lugar donde espera no encontrarlo.
- Hola Dorita ¿cómo estas?...Bárbara... no, no importa.
Bárbara no comprende cómo, después de dos años, su suegra aún no reconoce su voz, pero continúa respondiendo pacientemente pues supone que irá incorporándola poco a poco: de a lustros, quizás.
- ¿Estaban cenando?...disculpame pero como hoy no hablé con Eze quería saber si vos tenias noticias... ¿está ahí?..No, no me avisó, ¿me lo pasás?...sí, pero le quiero decir una cosa... ya sé Dorita, a nadie le gusta comer frío pero... bueno, está bien, está bien... sí, que me llame.
La joven psicopedagoga guarda las velas, se sienta pensativa y comienza a sentirse más supersticiosa. Lo del pie derecho cobra un valor inesperado, al igual que determinadas circunstancias que creía, eran parte del pasado y que hoy vuelven a su memoria con una fuerza argumentativa ineludible: Como aquella discusión que sostenían acaloradamente en la habitación de Ezequiel y en la que su madre intercedió sin que nadie hubiese solicitado sus servicios y apoyó enfáticamente a su hijo. O las múltiples llamadas que Dorita olvidó informar a su actual marido, casualmente asociadas a momentos determinantes de su relación (viajes, preparativos de boda, etc.). Mientras come el pollo en soledad, el optimismo empieza a desvanecerse y Bárbara siente la necesidad de llamar a Ana, de contarle el asunto, como siempre, pero no lo hace. El teléfono suena cuando ya ha terminado de lavar el único plato utilizado y ha quitado la mantelería de la mesa. Ezequiel le avisa que va a quedarse a mirar tele en la casa de su mamá así que no es necesario que lo espere despierta. Bárbara responde con monosílabos a su marido. Saca de la valija la ropa que planea ponerse para ir a trabajar y se acuesta con un sabor amargo que, obviamente, no proviene del pollo.


A la mañana siguiente el despertador vuelve a sonar y el lugar de su marido aún permanece vacío. Ezequiel no ha vuelto por lo que no hay necesidad de vestirse en el living, una ventaja y tampoco nadie cerró la llave de gas por lo que no hay necesidad de pedir ayuda para encender la hornalla, otra ventaja.
Bárbara se viste en la comodidad de su habitación, sentada en la cama se pone las medias y se prepara el desayuno mientras escucha la radio como siempre lo ha hecho. Es muy difícil vestirse sin saber la temperatura, piensa mientras oye que en la radio dicen que será un día fresco y ella se había preparado ropa de verano la noche anterior. Poder oír la radio a la mañana es otra ventaja y si a Ezequiel le molesta un segundero...
Vestida, desayunada e informada, parte hacia el gabinete.


Su jefa la recibe consultándole como ha sido la segunda noche en el nidito de amor y esta vez se le hace más difícil responder con diplomacia.
- No sé, Claudia, no me cambió la vida, sigo haciendo lo que hago siempre. Tener un marido no es sinónimo de que todo cambie.
- Lo sé, pero ¿sabés qué extraño yo? cenar en compañía de alguien, el abrazo a la noche, porque tener el control remoto sólo para mi es una bendición del cielo.
Bárbara piensa que ella no tiene control remoto y que lo que extraña profundamente son sus amigas con las que podría compartir sus dudas y sentirse apoyada, pero no va a comunicarse si ellas no lo hacen.
Nico llega para empezar a trabajar sin su madre pero Nora no está segura de que sea una buena idea.
Hábilmente Bárbara logra despegar a la madre del chico y durante una hora y media trabajan en gabinete.
Cuando Nico se va Claudia sale de la oficina a averiguar cómo le ha ido a su nueva psicopedagoga con el primer chiquito que le ha derivado.
- Parece que no pudiese resolver nada, pero ni siquiera lo intenta. Supongo que es porque espera que su mamá lo haga.
- Ya vas a encontrar la forma de hacerlo responder lo que esperás y si no lo hará una psicóloga cuando tenga treinta y cinco años y no pueda hacer nada sin su mami.
Bárbara no se ríe con el comentario de Claudia pero de golpe siente la imperiosa necesidad de ayudar a Nico a cortar el cordón. Mientras piensa en eso suena su teléfono. Ezequiel le avisa que hoy si va a ir a cenar y que lo que quiera cocinar va a estar bien. Bárbara sonríe, piensa que es normal que Ezequiel tarde en desprenderse de sus padres y de sus hábitos, pues nunca antes ha abandonado del todo la casa materna, piensa que la tolerancia es fundamental para una buena convivencia y que la paciencia siempre es recompensada y así de entusiasmada va corriendo al supermercado a comprar costillas de cerdo para comer con puré de batatas.

Nuevamente prepara la mesa con las velas y la vajilla de porcelana, regalo de bodas de la abuela de Ezequiel, y por supuesto, el mantel negro bordado con corazones rojos. Esta vez también se prepara ella, con perfume y ropa interior nueva que compró en el súper pues no hacía a tiempo para buscar en otro lugar.
Ezequiel entra, saluda y observa con recelo, sobre la mesa del living, la vajilla de su abuela.
- ¿Viste que linda puse la mesa? Decime la verdad, cuando viste el departamento por primera vez no te imaginaste que podríamos tener una cena linda, íntima, con velas y comidita rica.
- Y la vajilla de mi abuela. Amor, la vajilla lleva en la familia generaciones, se usa tres veces al año. Pensá que en todas las fiestas familiares se ponen estos platos.
- Eze, hoy es una cena especial. La primera noche no comimos nada por el cansancio, ayer te fuiste a comer con tu mamá. Hoy cociné para vos, te preparé una comida.
- Gracias vida, pero la vajilla...
- Siéntese y deje de protestar que esto es una cena romántica.
Bárbara va a la cocina, sirve dos costillitas para Ezequiel y una para ella y sirve puré de batatas mientras oye que su marido está lavándose en el baño.
- ¡Vení! Dale, te dije que esperes sentado.
- Si ma, pero viajé en subte. Hay que lavarse las manos.
El “ma” es nuevo pero Bárbara está acostumbrada a los apodos afectivos por lo que intenta entenderlo de esa forma, evitando las interpretaciones posibles aunque, claro, ya es tarde para eso.
Ezequiel se sienta y observa su plato con desconfianza.
- ¿Qué hiciste? ¿Qué es esto?
- Costillitas de cerdo.
Ezequiel mira hacia abajo y apoya la mano en su frente. Bárbara no entiende el gesto de angustia.
- ¿No te gusta?
- Gorda, soy judío yo.
- ¿Y? Ya lo sé ¿qué tiene que ver?
- Gorda, los judíos no comemos cerdo
Bárbara se siente desahuciada frente al desplante. Piensa que ayer cocinó un pollo y que su marido no estaba para compartirlo, pero no está dispuesta a renunciar a su cena romántica ante el primer inconveniente.
- Me estás cargando, comés más jamón que yo ¿desde cuándo no comés cerdo?
Ezequiel, comprensivo, la abraza, le besa la frente y le dice que sólo por esta vez, dado el esfuerzo que se ha tomado en la cocina, va a comer cerdo, pero que no puede ser un menú cotidiano. Bárbara, confundida, agradece el gesto y ambos comen el cerdo en silencio, pero ella ha quedado inapetente por lo que no termina su porción. Ezequiel se sirve lo que queda en su plato.
- ¡Me dijiste que no comés cerdo y te comés tres costillas!
- ¿Andás con ganas de discutir?
- No, pero me dijiste que eras judío, como si yo no lo supiese, me hiciste sentir mal con eso y terminas comiéndote todo. Yo no le veo mucho sentido al desplante.
- Bueno, voy a explicártelo, Bárbara, hay cosas que vos no podés entender porque no sos judía.
- ¡Yo sé que los judíos no comen cerdo! ¡¡¡Pero vos sí comés!!!
- No es eso lo que quiero explicarte, además, si lo comí fue por vos. Lo que quiero explicarte, perdoná que te diga, es que mi pueblo ha pasado hambre, ha muerto por el hambre, por la guerra, entonces, yo veo un plato de comida casi sin tocar y pienso en los que murieron. Considero que no se puede tirar.
Bárbara se siente desorientada frente a las respuestas de Ezequiel pero intenta no llevar el asunto a una discusión mayor pues entiende que la finalidad de la cena era justamente la opuesta.
- Está bien, tenés razón.
- ¿Lo decís sinceramente?
Bárbara intenta contener sus nervios, pero no puede creer lo que oye.
- ¡No! ¡¡Claro que no!! ¡Por parte de mi papá son armenios!
- No sé qué prentendés decirme con eso.
- Ezequiel, los armenios también sufrieron hambre y demás males.
- Ese es un argumento nazi, Bárbara, estás relativizando el dolor mi pueblo.
La comunicación no está lográndose y los esfuerzos parecen inútiles. Bárbara ya no puede contener el llanto ni la furia.
- Mirá, Ezequiel, si no querías tirar la comida, ¿por qué no se la diste alguien que tuviese hambre? ¡Hay un montón de gente que pasa hambre!
Ezequiel se para, la abraza, la besa y la conduce a la habitación. Comienzan desvestirse el uno al otro y, finalmente, logran el encuentro sexual que se ha demorado unos días.
Feliz, Bárbara siente que vuelve a elegir a su marido, que el casamiento y la convivencia fueron elecciones correctas y que nada podrá separarlos a partir de ahora y con el alivio que le produce esa certeza, se dispone a dormir desnuda y abrazada a su marido.
- Ma, antes de dormirte acordate de sacar la ropa que vas a usar mañana y, haceme el favor, buscate en mi valija el despertador sin segundero, ¿dale?
Bárbara, incorpora el nuevo apodo, se pone el camisón y elige su ropa mientras piensa que si el amor de su vida tiene algunas mañas, cualquiera puede perdonárselas, lo que nadie puede perdonarse es perderse del amor.
- Eze, la ropa ya la elegí, pero el despertador buscalo vos mañana, ¿sí? No sacaste nada de tu valija y es difícil encontrar algo ahí.
- Gorda, te dije que no puedo dormir. No seas egoísta, te lo pido por favor.
Bárbara no ha perdido la felicidad que produce el orgasmo pero sí, al menos un poco, la paciencia.
- Ezequiel, entonces buscalo vos. Yo ya lo busqué y no lo encuentro.
Ezequiel le da las coordenadas exactas de donde debería estar el reloj, pero Bárbara no lo encuentra, por lo que con fastidio, sale de la cama y lo busca él mismo.
- Te dije, es exactamente donde te dije que estaba. Sos distraída, no hay caso. Vamos a dormir, ¿dale?

Bárbara se recuesta pero Ezequiel no le permite apoyarse en su pecho porque, le explica, se siente incómodo. Así que cada uno vuelve a su sector de la cama.

jueves, 13 de mayo de 2010

Hay personas de las que salirse no es cosa fácil...


Creo que es cierto que las comunidades virtuales son la herramienta más moderna e impune para el chisme e, indudablemente, dada la cantidad de gente que participa, opina, critica y pasea su mirada sobre fotos, comentarios o…galletas de la suerte ajenas, hay algo que resulta irresistible del enterarse sin que nadie sepa que yo sé. ¿Será un simple y potenciado vouyerismo? No lo sé, pero lo cierto es que he reencontrado gran cantidad de personas que no veía hace muchísimos años, entre ellas a Elena.
Hace pocos meses atrás me contactó por facebook, Elena era una amiga de la adolescencia, que no llegaba a ser del todo amiga. Una de esas personas difíciles de conocer, que nunca se sabe si existe una relación de afecto o sólo se trata de una cercanía circunstancial. Creo que apenas terminé la escuela dejé de tener noticias de ella. Se había puesto de novia con un chico que conoció en una fiesta a la que fue conmigo y de ahí en más fue alejándose del resto del mundo, hasta que recibí su solicitud de amistad.
El reencuentro con gente de épocas pasadas puede resultar sorprendente, pero ninguno de mis encuentros de facebook me sorprendió tanto como cuando recibí el mail que comparto a continuación.

“Hola Jorgelina: Sé que hace mucho años que no me comunico, pero aún conservo en mi recuerdo tu compañía y tus gestos respetuosos, es por ese recuerdo que siento que sos a la única persona a la que puedo contarle esto y realmente necesito compartirlo con una amiga.
¿Te acordás de Ignacio? ¿Te acordás dónde lo conocí? en esa fiesta llena de gente, era una fiesta a la que  me invitaste vos ¿te acordás? La organizaban amigos tuyos, en una casa vieja, antigua en realidad. Todos bailaban enérgicamente y yo no, yo estaba quieta, parada contra una pared, mirando, sin bailar ni hablar con nadie. Vos me llamabas para que fuese a bailar porque pensabas que estaba aburrida y nunca te lo dije pero no sé si estaba aburrida, en esa época me sentía diferente a todos los que se divertían. Mientras yo me sentía diferente, se me acercó Ignacio y me preguntó por qué no bailaba. La verdad es que no quería responderle, pero vos me miraste sonriente y yo no quise decepcionarte y acepté establecer un diálogo con él. Ahí fue cuando me contó que tenía una banda de música y me invitó a verlo tocar. Aunque en ese momento yo sentí que no me invitó, no sé cómo lo hizo, pero me sentí en la obligación de ir, me dio el volante con la fecha y toda la información y me tomó la mano con fuerza y a mi me pareció que era mi deber acompañarlo. Esa noche no nos besamos pero vos me viniste a buscar llorando, porque el chico que te gustaba estaba besándose con otra chica ¿te acordás de él? Seguro que ya no, pero yo me acuerdo de esa noche con mucha tristeza por vos y por mi. Después nos fuimos a tu casa. Me quedé a dormir y te conté de Ignacio, de su banda y que me había invitado a su recital. Fuimos juntas a verlo ¿te acordás de eso? Yo creo que no hubiese ido si vos no me insistías, pero fui. No me gustó la música y cuando te lo dije a vos me dijiste que tenía que decirle a Ignacio que sí, que me había, no gustado, que me había encantado. Yo te hice caso y le mentí a Ignacio, le mentí esa vez y de ahí en adelante, muchas, demasiadas, tantas que ya me olvidé, pero eso es lo que vos no sabés, eso es lo que voy a contarte.
No quiero que te sientas responsable de que yo le haya mentido porque después encontré que era una actividad que me resultaba sumamente placentera. Siempre que pudiese engañarlo, con pequeñas cosas, me sentía mejor
Él nunca supo de mis pequeños engaños, abandonó la música después de terminar la secundaria pero a mi no, a mi nunca me dejó y para mi no era bueno con la música pero tampoco era bueno conmigo y no se lo dije. La primera vez que hicimos el amor tampoco me gustó, pero le dije no que me gustó, sino que me encantó.
Cuando terminamos la secundaria yo quise estudiar veterinaria. ¿Te acordás que te lo conté? vos me dijiste que querías ser artista plástica (me pregunté porque nunca lo hiciste, dibujabas muy bien según recuerdo). De todos modos yo tampoco me dediqué a la veterinaria pero yo no tenía una gran pasión, solo había visto un documental y me dio la sensación de que iba a resultarme mucho más gratificante trabajar con animales que con personas. El problema fue que Ignacio me dijo que mejor era estudiar medicina y yo le hice caso, porque, a esa altura, yo ya le hacía caso en todo. El ya había empezado a trabajar en una empresa de teléfonos y mis padres nos compraron un departamento en Larrea y Paraguay. Se lo compraron a él, yo no les caía bien a mis padres, pero él sí. Cuando lo conocieron rápidamente lo prefirieron a él antes que a mi. Ignacio era decidido, simpático, sociable, Ignacio sabía vender teléfonos celulares como nadie y lo ascendieron en la empresa mientras yo intentaba no vomitar cada vez que miraba un libro de medicina. Mis padres estaban muy agradecidos por la influencia que Ignacio ejercía sobre mi y se lo decían “Ignacio, vos sos una gran influencia para Elena” y seguían charlando con él, sobre sus proyectos y cosas. Yo no hablaba, pero ahora no disfrutaba de sentirme diferente, ahora seguía sintiéndome diferente pero sabía que estaba mal, que eso era lo que Ignacio y mis padres querían evitar por todos los medios.
No nos casamos, pero cuando me recibí de médica, en el corto de período de cinco años, pues quise hacer la carrera lo antes posible para, por fin, poder dedicarme a cualquier otra cosa, mis padres nos mandaron de Luna de miel a Colombia, a Santa Marta, una playa en el Caribe.¿conocés el caribe? Es un lugar de aguas tranquilas, estáticas, aguas como estancadas, un mar que ni va ni viene. La ciudad era colorida, llena de gente de colores y paisajes de colores. No me gusta la playa, no me gusta el calor, pero a Ignacio le dije que me encantaba.
El comenzó a insistir con que hiciésemos buceo, quería conocer las criaturas marinas y yo, la verdad es que quería conocerlas también, pero sin él. Así que le hablé de mi enfermedad inmuno-mediada en el oído interno. Para ese entonces todos mis conocimientos adquiridos en medicina, estaban puestos al servicio de evitar contactos de diferentes tipos con Ignacio. En un período reducido de tiempo inventé micosis infecciosa y bacteriológica, clamidia, gonorrea, herpes, tricomoniasis. Frente a eso, él empezó a dudar de mi fidelidad y comenzó a seguirme. Yo sabía que me seguía, lo hacía torpemente, como un mal detective y hubiese querido serle infiel solo para que valiese la pena su inútil esfuerzo y se alejase voluntariamente de mi,  pero nunca le fui infiel, no sé por qué, no puedo imaginarme qué me lo impedía. En la escuela de medicina tuve mucho éxito con los chicos, pero, a pesar de que cada vez él me daba mayor repulsión, no podía estar con otro…no quería y no tengo idea del motivo, tal vez porque temía encontrarme con otro igual a él, tal vez porque, en realidad, me gustaba sentir mi creciente repulsión. Siempre aprecié la repulsión que crecía en mi interior frente a determinados seres, me hacía sentir mejor más vital. Un verdadero enigma y quizás, si lo hubiese hecho, si hubiese sido infiel, la historia hubiese sido otra, quien sabe.
Frente a mi negativa, Ignacio también descartó el buceo. Entendió que durante nuestra Luna de miel debíamos permanecer juntos y fue lo peor que pudo suceder. El tiempo compartido era cada vez menor en Buenos Aires, pero ahora él quería compartir mucho tiempo, más allá de mi imposibilidad para tener contacto sexual debido al supuesto hpv que me producida un supuesto dolor inimaginable tan solo con el roce. El no se resignaba, él quería estar conmigo y me propuso ir a Bogotá. Ya no tenía excusas, sí, en realidad las tenía pero me las estaba guardando para mejores ocasiones porque en Bogotá, siendo una ciudad tan grande, posiblemente me sería mucho más fácil escabullirme. Acepté y subimos al micro que nos conduciría, tras muchísimas horas de viaje, hasta la capital de Colombia. Sentada junto a él entendí mi error: posiblemente en Bogotá lograría escabullirme pero durante el viaje tendría que soportarlo a mi lado, horas, larguísimas horas, en las que no iba a tener más opciones.
Una ruta delgada, por la que transitaba el micro y muchos transportes de enormes dimensiones, ruta que recorría la montaña y que entendí que ya no podía recorrer junto a Ignacio pero ¿cómo salir de ahí? Ya había anochecido, estábamos en medio de la selva y, aunque el micro estaba parado, no se veía ningún vestigio de civilización.
No tenía forma de escapar de él.
En ese momento de profunda angustia oímos golpes sobre el micro, gritos y un disparo. Ignacio dejó de mirar la revista que tenía en la mano e intentó parase para saber que era lo que estaba pasando. Yo imaginé que podían matarlo y sonreí, no quería que muriese, pero era la única forma de que me dejase en paz dentro de ese micro. Otro disparo e Ignacio abandonó su intento de saber qué pasaba y ahí sí, quise pararme yo. No podía aguantarlo más, no sabía cómo deshacerme de él y no iba a resistir más horas sentada junto a él, más días compartidos en la Luna de miel. Ignacio me empujó hacia atrás, me gritó, me dijo que no quería perderme y que algo grave estaba pasando. Agarró fuerte mi mano y no encontré la fuerza necesaria para desprenderme.
Un soldado, un hombre vestido de militar, pero menos serio que un militar, un hombre de la guerrilla posiblemente, entró al micro con una ametralladora. Afuera se oían más gritos. El guerrillero exigió que encendiesen las luces del micro que, como era de noche, habían permanecido apagadas. Luego de las luces, de ver claramente la cara de Ignacio y su patético miedo a perderme entendí que iba a tener que morir en ese mismo momento, pero algo sucedió. El guerrillero preguntó si había algún doctor dentro del micro, lo preguntó solo una vez y ahí entendí, ese era mi destino. Ignacio seguía sosteniendo mi mano izquierda con fuerza pero mi mano derecha estaba libre y la levanté, la levanté lo más alto que pude. Cuando Ignacio quiso darse cuenta el guerrillero ya estaba apuntándole la cabeza y otro de sus compañeros me daba las gracias mientras me ayudaba a pasar empujando a Ignacio hacia atrás.
Ahora me despido pero me gustaría recibir noticias tuyas, saber cómo estás, y un día hasta podrías venir a visitarme, estoy muy bien por acá”

Un enorme chisme, ya estoy llamando a Renzo para contarle, cuando se entere se va a volver loco.

viernes, 9 de abril de 2010

Porque yo no estoy nicomprometidanicasadaninada

Recuerdo que un profesor mío explicaba, a cuento de la relación con los dioses, que la única certeza que tenemos los seres humanos es que vamos a morir. Claramente no se trataba de un grupo de autoayuda, pero perduró en mi cierto sesgo trágico que hoy me conduce a afirmar, sin haber realizado ningún tipo de estudio serio a respecto y con absoluta subjetividad y resentimiento, que: las relaciones entre seres humanos son igual de perecederas.

Las separaciones existen, es así, son algo que sucede, invariablemente, en todas las parejas y lo cierto es que, a una enorme cantidad de personas, no es la muerte quien llega a separarlas sino las múltiples variables emocionales que hacen que nuestros vínculos se modifiquen, hasta que ya no hay más modificación posible que terminar, de una lastimosa vez, con él.

La gran mayoría de las personas se ha separado por lo menos una vez en su vida y separase es una cosa, pero hacerlo con estilo, es otra muy diferente y, el estilo, claro está, sólo llega con la práctica.

Hay algo en las rupturas tranquilas, cuando no hay ningún tipo violencia, ni insultos, ni platos lanzados contra las paredes, donde la cosa no termina de romperse, es decir, no logra ser una ruptura. No sé cómo hace una pareja para terminar sin escándalo, después de años de compartir afecto, emociones, experiencias, de ayudarse mutuamente, de aguantarse olores y sudores, ronquidos y gemidos ¿es posible separar libros y cidis e irse silbando bajito a ocupar un lugar nuevo?

Me puse a pensar en esto después de encontrarme con Juliana, una ex compañera de la facultad, a la salida del subte línea D, estación Catedral (¿Viene a cuento el lugar?...para nada). Hacía años que no la veía, pero cada tanto me iba enterando de las novedades de su vida, así que cuando la encontré, por supuesto le pregunté cómo estaba ella, su nena, su marido y me respondió con un incomodísimo “me separé”

Permítanme un breve paréntesis: reconozco que es un problema mío, si hay algo que entiendo como natural es preguntar por cómo está la pareja de la persona con la que me encuentro (si sé que esa persona tiene pareja) entiendo que es pregunta de rigor y no termino de asimilar que las relaciones suelen terminarse más frecuentemente que mis encuentros con ciertas personas, bueno, está bien, lo acepto, me cuesta aceptar que las relaciones se terminan. No soy buena en eso, me duele saber que el final del amor existe y por ello, frente a la respuesta de Juliana solo pude emitir un “ah” triste, solidario y compañero, pero ella refutó con un gélido “¡Eh!” , un “eh” de festejo, de satisfacción…ese tipo de separación tampoco la entiendo, no sé cómo hace una pareja para terminar sin dolor, después de años de compartir afecto, emociones, experiencias, de ayudarse mutuamente, de aguantarse olores y sudores, ronquidos y gemidos. Es decir ¿cuánta mierda se aguanta para que finalizar un vínculo se vuelva liberador? Y la pregunta implícita en ello ¿por qué?

Es cierto, se aguanta mucha mierda en pareja, todo aquello que nunca se dice, o aquellas cosas que nunca deberían haberse dicho, pero se supone que todo lo negativo tiene su contrapeso con los momentos de alegría ¿cuánto tiempo permanecen unidas dos personas hasta notar que esa alegría ya quedó en el olvido?

Cuando me encontré con mi amigo, Fede, no le pregunté por su novia. A él lo veo seguido y sé perfectamente las contingencias de su relación. Fede ha tenido bastantes amagues de separación, es una historia que quiere terminarse pero sus protagonistas están demasiado atados a la trama para darle el punto final. El día que Fede se recibió hizo una fiesta, grande, divertida, en la que el único que pareció no disfrutar fue él. La confianza que genera años de amistad, me impulsó a preguntarle qué era lo que le pasaba y me contó que apenas terminó de dar el último examen, fue a contarle la noticia a su mujer y ella, absolutamente desafectada, nunca abandonó la vista de la pantalla del monitor y le respondió “podrías haberlo hecho antes”

¿Cuándo una pareja se convierte en eso? ¿Por qué no cortaron esa relación dos meses antes de llegar a ese diálogo?

No puedo decir que con Pedro no nos separamos armoniosamente, la casa es de él, así que ni bien pude me mudé yo, no hubo problemas ni para dividir música, ni muebles: yo nunca escuché sus discos ni él los míos y los mubles los juntamos, casi no compramos nada a medias, tal vez porque sabíamos que la relación tenía fecha de vencimiento (y no era la muerte, claramente) fue una separación higiénica, me cansé de él y nunca objetó nada así que imagino que se cansó también de mi, el problema vino después. Al momento de separarnos parecía una decisión absolutamente lógica, el problema vino después del primer mes, cuando entendí que estábamos separados. Primero me llamó él, para saber cómo estaba, después lo llamé yo, para saber cómo estaba y después lo llamé para saber cómo seguía y después lo volví a llamar para saber si estaba con otra y después lo llamé una vez más para putearlo porque en mi imaginación ya lo había visto con otra y estaba feliz, más flaco que cuando lo dejé y era mucho mejor amante con la otra imaginaria que conmigo. Después me llamó él para pedirme que no llamase más.

Tenía razón, yo había decidido separarme, sabiamente, racionalmente, después de varios meses de no expresar abiertamente lo que me molestaba (y que cada vez era más) ¿por qué iba a importarme si estaba con otra? Porque sentía que ese era el final, el verdadero, el de cada uno sigue con su vida y yo todavía no seguía con mi vida, yo lo seguía sintiendo parte de mi vida. No pude llamarlo más, pero lo insulté muchas veces, demasiadas y terminé bebiendo y bebiendo, no, no terminé bebiendo, terminé tirada, durmiendo en piso de mi baño por la horrible borrachera que me había agarrado, no, no terminé tirada y durmiendo, primero me compadecí de mi misma, después sentí lástima por mi, después volví a sentir un tremendo odio por él, después lástima por mi, después vomité tres veces seguidas y recién ahí me fui al dormitorio a sentir un poquito de lástima por mi, un poquito de odio por él, intercalando, como una mil hojas.

Para mí, una separación es eso, es patética, expone lo peor, nos deja mal parados y después…finalmente y gracias a Dios, todo pasa.

Con Pedro nos une algo más que un pasado, nos une una empresa. El viajó por dos meses, para hacer más llevadera la situación y hasta ahora organizamos los horarios, yo voy por la mañana y él por la tarde, no nos vemos nunca, nos dejamos notas o Renzo se encarga de pasar mensajes, pero seguimos sin disolver la sociedad.