miércoles, 20 de octubre de 2010

Volare oh oh, cantare oh oh oh oh



Vivir experiencias nuevas es lo que hace que la vida valga la pena, que todo cobre un sentido diferente, que relativicemos ciertos conflictos y nos posicionemos en un lugar más alejado, lejos, lejos, muy lejos: línea de pensamiento de mi amiga Julieta, la que decidió tomar clases de vuelo para ver todo desde lejos, desde donde lo mira Dios. Ese es el problema de la enseñanza religiosa, una termina por creer que si Dios tiene la posta es porque lo ve desde arriba y que subiendo a un aeroplano ya se puede ver todo como lo ve ella: sí, Dios es una mujer negra.
No soy amante de las alturas ni de las profundidades, entiendo que cada ser vivo tiene su lugar en el mundo, los peces en el agua, las palomas en el cielo y los seres humanos en los departamentos, así puedo organizarme cuando salgo a la calle y sé, perfectamente, por dónde me toca ir.
Julieta siempre sabe por dónde le toca ir, pero andaba atravesando una crisis de pareja, por lo que sus certezas dejaron dejar de ser tales. Marcelo, su novio, se le había instalado en la casa y estaba “absolutamentetodoeldía, en el depto” en palabras de ella, por eso, creo yo, es que ella dejó de ver con claridad cuál era su lugar en el mundo, puesto que su lugar, ahora no era sólo suyo.
Desde el principio de la relación él se mostró muy “compartidor”, pero parece que el compartir el departamento había incrementado la cercanía de ambos. A Marcelo le gustaba conversar desde que se despertaba, y se despertaba muy temprano, quería ponerse de acuerdo en qué y a qué hora se almorzaba, se merendaba o se cenaba, quería una relación, más que de pareja, de siameses o, al menos, así lo veía Juli. Ella, en cambio, ha vivido sola desde hace varios años y disfruta de su espacio, del silencio o de elegir cuándo y qué comer, sin tener que ponerse de acuerdo con nadie, así que al mes de tener instalado a Marcelo, en lugar de festejar con una cena íntima y junto a él, decidió llamarme por teléfono a mi y festejar lejos, muy lejos de él.
-         Jor, yo de verdad lo quiero y pienso que está bien que él quiera compartir todo, es más, esperé varios años un hombre que quiera compartir todo, pero ahora no sé, no puedo aguantarlo ¿me acompañás? Es cerquita, si no querés no volás, pero yo necesito aire.
Y en el cielo hay un montón de aire.
-         Mirá Juli, si mi experiencia sirve de algo, siempre es mejor hablar las cosas, antes de tomar decisiones drásticas. No hace falta matarte en una avioneta.
Pero mis palabras no la convencieron así que la acompañé, es mi amiga, pero no pensaba aceptar subir a uno de esos avioncitos de los 60´ con los que hacen las pruebas.
Al llegar al aeroclub nos recibieron unos chicos, jovencitos, que eran pilotos y juntaban horas de vuelos para que les den las licencias. Uno de ellos era sumamente sexy y al verlo decidí que yo también quería irme lejos, muy lejos con él, así que me subí a un avioncito y Juli se subió a otro. A ella iba a tocarle un piloto jovencito, como el mío aunque menos lindo, pero a último momento y por algún motivo desconocido, se subió un señor mayor, bastante mayor, a pilotear junto a ella, en su primer vuelo. En algún momento llegué a pensar que un hombre experimentado, a varios pies de altura, es mucho más necesario que un pibe que está bueno, pero luego descarté la idea porque el pibe estaba verdaderamente bueno y esas ideas no me servían para nada.
Nos pusieron a ambas las viseras de telemarqueting y cada cual en su avión (más digno de estar en un museo que de servir para hacer vuelos de práctica) emprendió viaje hacia lo desconocido.
Debo repetir que no soy amante de las alturas y estos avioncitos Piper no son los mejores amigos de quienes no aman las alturas. Tal vez debería evitar ir a donde va un chico lindo, si ese chico lindo va a subir a 1200 pies de altura, un día ventoso, en un avión fabricado hace setenta años. Todo esto cruzó por mi mente durante los quince tremendos, horribles, eternos minutos que duró mi vuelo, mientras él me alcanzaba una bolsita de Disco, para que no lanzance sobre su cabeza. Sobra decir que el lindo piloto, no me correspondió en el cariño y supongo que pudo deberse a mi rostro pálido o la descompostura que me agarró al bajar del avión.
Más o menos repuesta levanté la cabeza y llegué a ver el espectáculo sorprendente brindado por el piloto de Juli. El avioncito daba vueltas y vueltas en el aire, como si fuese parte de un circo ¿un circo? No, creo que donde dan las vueltas los avioncitos es en los desfiles militares, sí, ya me acuerdo, lo vi en Los Simpson. Me impresioné, volví a marearme y, antes de hacer uso de mi bolsita de Disco, le consulté a mi lindo piloto si eso era normal, a lo que respondió que solo se hacía por deseo del aprendiz e imaginé que Juli no solo quería tomar distancia sino reacomodarse las ideas, así que esperé al descenso (no al deceso) que fue prolijo y tranquilo.
Julieta bajó de su avioncito y conservaba sus colores, pero también mantenía una expresión de disgusto que comprendí apenas nos despedimos de los pilotos.
-         Jorgelina, el viejo me tiraba lances ¿entendés lo que es eso? No estaba en un taxi, si estaba en un taxi me tiraba al asfalto ¡estaba volando, en aire! Y el viejo baboso me tiraba los perros, y no podía salir y daba vueltas en el aires y me decía “te doy vuelta, bebé” Jorgelina, fue una experiencia horrible.
Esa misma noche Julieta conversó con Marcelo sobre su necesidad de espacio y tiempo propio pero lo invitó a una cena íntima y pasaron los siguientes días, desayunando, almorzando, merendando y cenado juntos.
Yo creo que comprendió que hay situaciones de las que de verdad una quiere salirse y no puede y otras de las que, aunque puedas, es más disfrutable quedarte.