sábado, 6 de marzo de 2010

Partamos de una base

Hace algunas noches atrás, mientras rayaba tres kilos de zanahoria para tener, frente a un posible ataque de ansiedad, mi almacenamiento ligth en la heladera, me llamó por teléfono mi prima Vale. Estaba confundida, preocupada y me contó que antes de dormir a Martina, su hija, empezó a leerle La cenicienta.
Vale comenzó contándole sobre la época en que había princesas y que la gente creía en brujas y en determinado momento del relato, cuando notó que su pequeña no terminaba de entusiasmarse con la historia de la pobre huérfana a la que maltrataban sus hermanastras le comentó:

- ¡Qué lindo un príncipe azul! ¿no? ¡Yo quiero uno!

Al parecer aunque Martina no se conmovió ante la sufrida vida de Cenicienta si lo hizo frente al comentario de su madre y le acarició la cabeza con ternura, mirándola a los ojos y entendiendo que ya era tiempo de que alguien la enfrentase a la cruda realidad.

- Mamita, el príncipe azul no existe ¿sabías?

El comentario generó que Vale corriese al teléfono e interrumpiese mi rayadura de zanahorias para consultarme sobre si había algo patológico en la reflexión de su hija:

- ¿Es normal que desde tan chiquita no crea en los príncipes? Me lo dijo sin preocupación, como si fuese algo que supo desde siempre.

Mi prima estaba preocupada, pero no pude descubrir si era por su pequeña hija o por la devastadora revelación de “el príncipe azul no existe”.
Decidí reflexionar sobre el tema, sí decidí reflexionar sobre el príncipe azul pues como mujeres hemos tenido que descubrir que Papá Noel no existe, ni los Reyes, ni siquiera el Ratón Perez, pero el príncipe azul…de ese no habíamos querido dudar, no soportábamos ni la mínima intuición de su inexistencia aunque la realidad se empeñase en demostrarnos lo contrario.
Así, como quien estudia a los fantasmas o a los extraterrestres, yo corrí tras el príncipe azul, a descubrir si había uno. Conversé con amigas casadas y solteras y, teniendo en cuenta que no me codeo con nadie de la nobleza empecé a dudar de su verdadera existencia. Nada ni nadie parecía dar cuenta de que alguna vez un personaje semejante hubiese pasado por su vida. Además había otro hecho ineludible: no conocí a ninguna mujer que hubiese vivido feliz y comido perdices a lo largo de toda su vida, es más ¡no conozco a nadie que haya probado una sola perdiz! se me estaban acabando las pistas, saber el final de las historias príncipes no me condujo hacia ninguna parte .
Una nena de cuatro años había hecho trizas un mundo construido a lo largo de toda mi vida: Martina tenía razón, el príncipe azul no existía.
Pero cuando se reflexiona sobre fantasmas o extraterrestres hay que estar preparada para recibir sorpresas y receptiva para entender que esas sorpresas pueden dar un giro a la investigación: Martina se puso de novia y no sólo se puso de novia sino que se casó ¡en jardín de cuatro!
Mi pequeña sobrina, que hizo que nuestro mundo imaginario de hombres todopoderosos estuviese a punto desmoronarse, se había casado en una ceremonia hermosa en el arenero.
Los acontecimientos cambiaban el curso de las investigaciones, la persona que había escuchado atentamente la historia de Cenicienta y había desconocido las bondades de su príncipe, se había casado en un arenero, definitivamente había algo que no encajaba ¡Necesitaba coherencia entre teoría y praxis! Y me acerqué con una bolsa de caramelos pico dulce a la casa de mi prima en busca de explicaciones.
Cuando llegué, Martinita estaba en la bañera jugando con vasitos a los que llenaba con agua imaginado que era helado de vainilla y me ofreció uno. Lo acepté, pero no bebí, sabía que la pequeña intentaba desviar mi foco de atención y además se había hecho pis segundos antes adentro de la bañera.

- Martinita, me dijo mami que te casaste.

Se lo dije sentada en el bidet, sosteniendo el vasito de plástico y sin demostrar lo conflictos epistemológicos que había desencadenado en mi investigación.

- Sí, me casé con Agustín.

- ¿Y se puede saber por qué?

Un momento crítico, Martina había echado por la borda toda su filosofía de vida por un tal Agustín y debía explicarme porque o se convertiría en una embustera.

- Porque me da galletitas y me presta sus colores.

Y hasta ahí llegó el interrogatorio submarino. La respuesta de mi sobrinita develó algo que no pude ver antes debido a mi crisis de fe ¡el príncipe azul existe! Pero Martina no lo sabía, si sólo tiene cuatro años, pero no lo sabía hasta que lo conoció. Es que el caballero capaz de brindarnos alegría, dulzura y ayudarnos a llenar de colores nuestro mundo no necesita tener capa y espada, ni caballo y mucho menos ser de color azul (si fuese azul parecería un muerto ¿no?) tampoco hace falta que nos rescate de las garras de un dragón, ni de una hechicera, ni de los siete enanos, el hombre que con sus pequeños gestos nos haga felices, ese es nuestro príncipe.
Martina salió de la bañera, la ayudé a secarse la cabeza, le peiné el pelito y juntas, antes de dormir la siesta, mientras yo le leía La cenicienta, que ahora se volvió su libro de cabecera, nos comimos los caramelos pico dulce.